¿Es AMLO un peligro para México?

Leonardo Curzio

No hay nada inevitable ni tampoco el acceso del tabasqueño al poder es una catástrofe nacional.

La pregunta se formula en todas las mesas y se hace con una doble vertiente: ¿es inevitable el triunfo de López Obrador? y si es así ¿supone eso un desastre sin paliativos para el país?. Y mi respuesta es no. No hay nada inevitable ni tampoco el acceso del tabasqueño al poder es una catástrofe nacional. Serenidad ante todo. Empiezo por la última parte. Si AMLO gana él habrá cumplido su propósito vital y un amplio sector se sentirá legítimamente colmado. Lleva 20 años capitaneando a la izquierda y no dará paso a tesis distintas a las del nacionalismo revolucionario hasta que no pase la prueba del ácido del poder Nacional. Hace años se decía que cuando la izquierda conquistara los poderes locales, la gente constataría (como ocurrió en Italia o en la India) el efecto benéfico de los gobiernos progresistas. La verdad es que los gobiernos subnacionales de izquierda llevan ya 20 años de ejercicio con resultados poco alentadores. En algunas entidades han perdido para no volver (Zacatecas); han gobernado también Guerrero y Tlaxcala, y ahora lo hacen en Tabasco, Morelos y Michoacán donde gobernaron, perdieron y han vuelto. Y en otros casos (la ciudad de México) han tenido una larga hegemonía con variantes obradoristas y cardenistas y hasta la fecha es imposible afirmar que un capitalino vive mejor qué los habitantes de Monterrey o de Guadalajara. La mediocridad en la gestión, la imposibilidad de transformar la calidad de los sistemas educativos o los servicios públicos (qué es lo que un gobierno de izquierda modernizador debe a mi juicio hacer) ha sido la nota dominante. Tenemos, más bien, una restauración de formas populistas y clientelares, una palabrería plagada de derechos y anémica de obligaciones. El modelo de la universidad capitalina es el mejor ejemplo de esa retórica justiciera pero infecunda.

De lo que no tengo duda es que un triunfo de AMLO permitirá a la transición política llegar a su fin. Un sector muy amplio de la opinión pública reconocerá que con sus imperfecciones, tendremos un modelo competitivo con su paladín en Palacio. Nos ayudará por tanto a serenar el país y a ver, ya sin chantajes políticos sobre la legitimidad del gobierno, el alcance de las prometidas políticas. Estoy seguro que eso nos curará de ese infantilismo político que supone que un cambio en la presidencia implica un cambio en todo el país. Recordamos que los muertos de Calderón se convirtieron en los de Peña y en muy pocos años (si López Obrador gana) serán los muertos del tabasqueño. López tendrá que gobernar el país con los instrumentos que tiene disponibles, por eso hace mal en golpear a las Fuerzas Armadas a las que recurrirá porque son cuerpos confiables y eficaces. Un país democrático juzgará si esas políticas son las correctas y la renovación cumplirá sus funciones.

Ahora bien, sobre la inevitabilidad de su triunfo me parece que hay mucha evidencia para suponer que las campañas electorales sí pueden definir una elección. Por supuesto esto lo sabe AMLO y por eso recurre al socorrido expediente del fraude anticipado. Así se cubre por si las cosas cambian. Su reiterada honestidad personal no es equiparable a su honestidad política e intelectual. El puede rechazar dinero, pero rara vez reconoce un error y entre sus partidarios mentir por la causa no es castigado. Inventarse encuestas y algoritmos nunca probados para justificar su derrota es parte de su CV. Ahora mismo juega socarronamente con la idea de que deberían cambiar los contendientes porque no le dan batería. Es curioso que alguien que va tan encumbrado en las encuestas sugiriera un cambio de alineación en el equipo contrario. Esto no ha hecho más que empezar. Anaya puede continuar con sus aliados una marcha ascendente siempre que cuide que no se den más rupturas al interior del PAN. No va ser fácil para él eludir una crítica tan directa como la de Margarita Zavala (que hará campaña) quien le disputara de manera directa el mismo mercado y si sus aliados en la capital se obstinan en desgobernar lo que les queda lo va a lamentar. Vamos a ver a quien nos dejan en el lugar de Mancera.

El PRI , por su parte, sigue vivo aunque muchos lo desahucien. Claro, vivir no quiere decir ganar; un PRI unido (como el que tardíamente se presentó esta semana) te da para mantener lo que tienes, nada más. Si Meade quiere entrar a zona de competencia puede hacer tres cosas simultaneas. La primera es entender el estado de ánimo de la sociedad. Una sociedad harta escucha como una impertinencia que nos quieran asustar con la caverna del populismo y a cambio nos ofrezcan la “rosada sucursal del paraíso que es el estado de México”. Dios mío. Es igualmente perturbador que un partido que ha saqueado al erario se dé golpes de pecho con las triangulaciones de Anaya. Eso es patético y contraproducente. Un cambio en el discurso y las personas, como lo hizo Calderón en semana santa del 2006, podría funcionar (porque hasta ahora todo ha sido más de lo mismo) y a mi juicio el efecto más importante es que Meade consiga adhesiones, no de priistas de la vieja guardia, ¡vaya fichajes!, sino gente que sorprenda por haber sido persuadida. En 2006 le funcionó muy bien a Calderón que Jesús Reyes Heroles o Luis Téllez anunciaran su apoyo. Reclutar liderazgos sociales frescos podría acreditar que un candidato bien formado y no priista, como sin duda lo es José Antonio, es capaz de seducir a alguien más que a dinosaurios disciplinados.   
 

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