Encrucijada: Querétaro indígena

Diego Prieto H.

Revisando la tesis profesional de una alumna de antropología de la UAQ, me llamó poderosamente la atención el siguiente dato: Resulta que, de acuerdo con las estimaciones hechas a partir de un cuestionario ampliado, aplicado a una muestra de los hogares visitados en el Censo de Población y Vivienda 2010, el INEGI reporta que, a la pregunta ¿se considera indígena?, formulada en relación con cada uno de los ocupantes de la vivienda con tres y más años, en el estado de Querétaro el 15.1% de la población contestó afirmativamente, porcentaje que representa casi 260 mil personas por encima de la edad prescolar, de modo que 15 de cada cien queretanos se considera indígena y está dispuesto a declararlo.

Ese dato contrasta con el que se refiere al número y porcentaje de hablantes de lengua indígena que viven en el estado, pues se trata de poco más de 30 mil personas con tres años y más, que representan el 1.8% de la población en ese rango de edad. Y si a ese dato le sumamos los menores de tres años, las personas que habitan en hogares indígenas y la población que, desde la perspectiva de la etnografía, se inscribe dentro de comunidades con una clara filiación etnolingüística, podríamos estar hablando de unos 60 mil indígenas identitarios en Querétaro. ¿De dónde salen entonces los otros 200 mil queretanos que se sienten indígenas y lo dicen con orgullo?

En primer lugar, hay que decir que la lengua tiene una importancia considerable, pero no determinante, en la configuración de identidades étnicas o nacionales, tan es así que los mexicanos podemos serlo hablando el español, que es también la lengua de otros pueblos y naciones, incluyendo a los conquistadores, de quienes nos independizamos políticamente hace un par de siglos. Y no dejamos de ser mexicanos por desconocer el náhuatl, la lengua de los antiguos mexicas, que es empleada todavía por más de millón y medio de compatriotas. La lengua es fundamental en la configuración de las culturas y la visión que éstas tienen del mundo, de la vida y de las cosas, pero la cultura no se agota en la lengua, como mecanismo primordial de la comunicación entre los grupos humanos.

En segundo lugar, hay que reconocer que desde 1994, con el alzamiento de numerosos contingentes indígenas en Chiapas, enarbolando la bandera zapatista y reivindicando su derecho a existir con su propia voz, sus formas de organización, sus maneras de vivir y estar en el mundo, su patrimonio, su tradición y su memoria, se ha registrado en el país una creciente revaloración positiva de lo indígena.

En tercer lugar, crecientes sectores de la población campesina de Querétaro encuentran ahora múltiples ventajas en la adopción de una identidad originaria, pues de esa forma acceden a derechos culturales y sociales, a programas institucionales y a una visión de su problemática social y de sus perspectivas de desarrollo, que cobra una dimensión histórica y un vínculo palpable con los reclamos ancestrales de los pueblos originarios.

Finalmente, en los últimos treinta años se ha ido gestando la emergencia de un Querétaro profundo, en los términos empleados don Guillermo Bonfil, gracias a la cual crecientes sectores de la sociedad recuperan la memoria de la república de indios, vigente en Querétaro hasta el siglo XVIII, y emprenden la recuperación del sustrato otomí y del orgullo chichimeca que están por todas partes: en la comida y las mayordomías; en la tradición conchera y la Virgen del Pueblito; en los xitales, los flashicos y el pulque; en las capillas familiares y en los nombres de muchos pueblos, barrios y parajes. Dejando atrás una visión unilateral y excluyente de la historia y la cultura queretanas, que destacaba su componente criollo y español y mantenía un notable recelo hacia todo lo que tuviese que ver con la presencia indígena en el pasado y el presente de Querétaro.

Esta emergencia indianista ha contribuido a levantar el velo que ocultaba la palpitante, heterogénea y desigual sociedad queretana. Se trata ahora de favorecer su comprensión y su transformación hacia una sociedad más justa, incluyente y fraternal.

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