Emergencia climática

04/08/2019
09:14
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Las Naciones Unidas publicaron en 2019 un informe de 740 páginas intitulado Perspectivas del medio ambiente mundial. Desde que el Programa para el Medio Ambiente dio a conocer en 1998 su primer estudio, las cosas no han dejado de agravarse y el planeta de deteriorarse; por eso la ONU invita a todos los gobiernos a tomar con urgencia medidas radicales. Reacción del presidente Trump, quién, obviamente no ha echado un ojo a las 740 páginas: crear una comisión de “científicos” suyos, para desacreditar todos los estudios sobre el cambio climático y la responsabilidad del hombre en la posible catástrofe que se avecina. Quiere cancelar todas las medidas federales tomadas en tiempo de Barack Obama, porque no cree en “estas estúpidas predicciones alarmistas en cuanto al futuro”. Apoya a fondo hidrocarburos y carbón —como nuestro presidente—.

¿Qué se puede esperar del presidente de EU? En enero, a la hora de una tormenta de nieve, tuitea: “Estaría bueno gozar de un poco de Recalentamiento Global ahora”. El informe de la ONU le ha de parecer una tontería, cuando reitera que el cambio climático es el gran reto para la humanidad, porque pone en peligro alimentación, agua, salud, “exagera la pobreza, acelera las migraciones y los conflictos”. Disponemos de las mediciones de temperatura desde 1884 y no cabe duda: la temperatura terrestre subió 1.5 grados en los últimos cien años; a escala mundial, el nivel del mar subió; el hielo del Ártico se redujo y se reduce de manera acelerada. Sin hablar del alza de los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera.

A su edad, Trump no se preocupa mucho por el futuro, porque no piensa ver lo que viene, pero debería pensar en las herencias nefastas que dejamos ya a nuestros hijos y nietos. Nuestros gobernantes, tampoco. En la “vieja” Europa, son los jóvenes que piensan en su futuro y en el de los hijos que todavía no tienen. La muchacha que lanzó el movimiento, Anuna De Wever, tiene apenas 17 años y dio una lección a los políticos; la presión de la juventud que marcha en las calles obliga a los gobiernos a declarar la “emergencia climática”. Las autoridades reconocen que hay que hacer algo; hace años que lo dicen y no pasa nada, a pesar del famoso Acuerdo de París.

Esa “declaración de emergencia climática” por parte de los Parlamentos (no de los gobiernos) del Reino Unido e Irlanda, del gobierno regional de Escocia, de decenas de grandes ciudades europeas ¿desembocará, por fin, en algo concreto, radicalmente concreto? El Parlamento británico fija como meta, para 2050, la cero emisión de gases con efecto invernadero. ¡Hasta no verte, Jesús! No sé si los estudiantes europeos siguen marchando cada semana para exigir más compromiso de parte de los gobiernos.

¡Bravo! Muy bien, pero la tierra es una e indivisible, y un cero emisión en la vieja Europa no sería suficiente mientras India y China (y los EU de un Trump reelecto, y México) sigan generando electricidad con carbón y petróleo. La producción de electricidad con carbón representa el 30% de las emisiones de CO2; las centrales de Asia son recientes y tienen una vida de 50 años. Una hipoteca muy seria para el futuro.

En tales condiciones, ¿podrá la humanidad vivir un futuro amable? Es la pregunta que plantea Martin Rees en su libro On the Future. Prospects for Humanity, de la Universidad de Princeton. Dice que la miopía y el interés de los gobiernos y de las grandes empresas (ganar las elecciones, conservar el poder, maximizar las ganancias) son los principales enemigos del planeta. Propone de manera interesante una alianza entre ciencia y religión, posibilidad que le inspira la encíclica Laudato Si, publicada por el Papa Francisco. Valora el hecho de que la Iglesia católica tenga a su favor la permanencia y una visión a largo plazo —como otras religiones— y la preocupación por los pobres del mundo. Ciencia y tecnología, con la ayuda de la ética religiosa ¿podrán obligar gobiernos y empresas a ceder algo de su poder a unas organizaciones globales, las únicas capaces de administrar la “emergencia climática”?

 Es un historiador mexicano de origen francés. Obtuvo la licenciatura y el grado de doctor en la Universidad de la Sorbonne.

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