Embalsamados

Jaime Septién

La decisión que tomó el presidente “en funciones” de Venezuela, Nicolás Maduro, de que el cuerpo del extinto mandatario Hugo Chávez fuera embalsamado “para que se quede expuesto eternamente en el Museo de la Revolución”, muestra hasta qué punto la debilidad del poder político necesita referentes heroicos, golpes de timón, triquiñuelas efectistas para poder legitimarse.

Chávez, como Lenin o el brazo de Santa Teresa que tenía Franco en su despacho, es el producto acabado del culto a la materia inerte, tan ligado a los dictadores de todas las latitudes. Para un absolutista en el poder lo que no puede pasar es que las cosas, los hombres, la economía, las finanzas, los resultados del beisbol o los ataques al imperio o a sus cachorros se muevan de forma autónoma. Un rey solitario de un planeta que aburrió al principito en pocos minutos, es la mejor metáfora de la retórica del poder: le ordenaba al único visitante que había tenido por años que obedeciera. Como éste no le obedecía, entonces, le ordenaba que no lo hiciera. Y cuando al fin se marchó, porque el reyezuelo era insoportable, ordenó que se fuera.

Maduro no es nada sin Chávez. A lo más, un tipo que creció a su sombra, diciendo “sí” y “no” cuando se le ordenó decir “sí” y “no”. El tándem Maduro-Cabello ha llegado a la barbaridad de acusar del cáncer del comandante a las malignas fuerzas de inteligencia de Estados Unidos, que se lo inocularon, y a los carroñeros de la oposición, que con su presión y sus mentiras sobre la salud de Chávez hicieron que se muriera de verdad. Tienen que inventar una historia para que el pueblo los siga y se queden con el botín del petróleo y con las amistades que dejó el héroe de la revolución bolivariana: los Castro, el presidente de Ghana, el de Irán.

Petróleo a manos llenas, como arma política, como extensión de la lucha sin cuartel que el próximamente embalsamado emprendió contra eso que llamaba “la reacción”. Podía pagar lo que fuera. Y hacer amigotes done hubiera pobreza: Evo, Correa, la señora Kirchner. Y “la reacción” lo abarcaba todo: desde la Iglesia católica hasta Fox. Desde Capriles hasta Rajoy. Solamente el Rey de España lo puso en su sitio en una reunión iberoamericana. El “¿por qué no te callas?” recorrió el mundo. Era lo que media América quería. Hoy la muerte lo ha callado. Pero sus correligionarios le han mandado a hacer una momia, una especie de san Mansueto para colocarlo en el “altar de la Patria” y “provocar” que el pueblo admire su cara cenicienta, cerúlea, color de oliva, como los uniformes que le gustaba portar al pegar golpes de Estado.

Maduro está siendo aconsejado por “doctores” en comunicación que saben que contar los hechos del comandante no sirve para conservar el poder del partido y del comandante. Hay que contar un cuento que se traguen rápidamente los venezolanos y los que —dicen— son legión en América Latina: que el muerto es víctima del imperialismo y sus secuaces; que morirse por sí mismo no lo tenía planteado; que él quería seguir sacando a los pobres de la pobreza pero no lo dejaron. Y que el muerto sigue vivo, encabezando la revolución de los pobres (nada más por ese hecho, el seguir vivo aunque esté muerto, merece ser visitado por las familias, los novios, las abuelitas, los niños de la escuela primaria, etcétera).

El cuento es de dos líneas: “El comandante está vivo en el corazón de América Latina. Embalsamado seguirá dirigiendo su revolución privada”.

Periodista y Editor

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