El tablero electoral

Leonardo Curzio

Las mutaciones económicas provocan inestabilidad.

Lo que ocurra esta semana será definitivo para determinar la competitividad de cada una de las campañas. Si consideramos que para los cuatro candidatos sus opciones estratégicas son cada vez más limitadas, pues sus decisiones dependen cada vez más de cómo se muevan los otros, la forma en que jueguen sus cartas en estos días dependerá si incrementan o reducen sus posibilidades de triunfo.

Empiezo por Margarita, quien no tiene hoy, en ninguna encuesta, posibilidades de triunfo, pero no solamente se ha ganado un lugar en la boleta, ha conseguido mantenerse como opción creíble para una franja de ciudadanos que puede ir al 8%. Esos mismos 8 puntos pueden ser definitivos para Anaya o Meade para alcanzar a Andrés Manuel. Hacia finales de la campaña la presión por el voto útil se hará sentir en el electorado zavaliano. Desde el primer debate podremos ver hacia donde cargará su peso Margarita; supongo que primero descalificará a los tres y después se centrará en López obrador, de manera que pueda conservar su mazo de cartas hasta el tercer debate, en el que tendrá que decidir (si no crece y se mantiene) si declina a favor de alguien o se queda como opción independiente hasta el final apostando a convertirse en la heredera del PAN.

Sigo con López Obrador, quien mantiene un claro liderato en las encuestas. Hoy por hoy su dilema es si será (o no) mayoritario en el Congreso. Sin embargo, el dilema actual irá variando, y conforme avanzan las campañas (y la decisión final empieza a tomar cuerpo) AMLO vuelve a ser presa de sus contradicciones. Me explico. Por supuesto su base le perdonará todo lo que diga. Puede incurrir en excesos como que desconfía de la sociedad civil (si lo hubiera dicho cualquier otro lo hubiesen crucificado) o dar evidentes bandazos en el tema del NAICM. También le perdonarán sus ambigüedades en materia energética (ha fijado dos posturas contradictorias). Para su base da igual que diga que le va al América y al Guadalajara al mismo tiempo, pero para los mercados la incongruencia es muy costosa. El voto independiente, que claramente simpatiza con él, hará cuentas de lo que supondría una devaluación todavía mayor del peso por la aplicación de un nuevo modelo económico. No se puede cambiar el modelo económico (cosa perfectamente legítima en una democracia) sin un costo. Las mutaciones económicas provocan inestabilidad. El electorado irritado (que simpatiza con Morena) tiene confianza en el futuro económico. En la última medición del índice de confianza del consumidor (INEGI), el subíndice que mide la confianza en el futuro económico creció casi ocho puntos. La política no los hace todavía dudar del porvenir económico. Pero en cuanto empiecen a formularse claramente los impactos económicos del programa del puntero, un sector podría revalorar si su irritación con el establishment compensa el deterioro de poder adquisitivo. No es un dilema menor. De cualquier manera, con su base, Andrés Manuel tiene suficientes votos para ser el tercio mayor.

El dilema más grande lo tienen Anaya y Meade, como lo planteó Jesús Reyes Heroles en estas mismas páginas. Ambos han optado por destruirse mutuamente, cosa lógica en la primera fase, pero en una elección a tercios, con un puntero que tiene como primer propósito cambiar el modelo económico, sus discrepancias en todos los temas no pueden esconder que el proyecto económico lo comparten. Para muchos es un modelo imperfecto y generador de desigualdades, pero, como ocurre en casi todos los dilemas de la vida, el que una cosa sea imperfecta no implica que su destrucción sea el parto de la perfección. Muchas veces ocurre que la destrucción de un modelo económico, impulsada por una retórica justiciera y éticamente impecable, se enfrenta a la paradoja de provocar más pobreza y desigualdad. La riqueza (como lo demuestran ahora también China e India ) hay que crearla y después repartirla. Cuando se destruye la riqueza se pueden tener satisfacciones políticas y personales, es verdad, pero lo que no se puede es repartir lo que no hay. Para Anaya y Meade la prioridad es convencer a la misma franja del electorado que una reversión de la reforma energética implicará una devaluación como la del 94. Las devaluaciones pueden ser especulativas o patrióticas (devolver el petróleo al Estado), pero tienen el mismo efecto depredador en los sueldos de la gente. Ése, a mi juicio, es su principal argumento contra AMLO, pero ellos prefieren, todavía, pelearse entre ellos. Anaya para desmarcarse de un gobierno con el que construyeron el Pacto por México y Meade hasta que decida separarse del furor presidencial en contra de Anaya. Veremos.

 

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