El señor “Caballo” Rojas

Juan Manuel Badillo

La primera y la última vez que hablé con Alberto, “El Caballo” Rojas me regañó, me dijo que hablara con propiedad, porque él también es periodista y los periodistas debemos hablar correctamente y que ultimadamente “¿quién carajos es usted?”, me dijo.

En ese momento pensé que si “El Caballo” me corregía el habla, eso significaba que no había aprendido nada en la universidad y que de poco me servían mis lecturas de Gabo y sus mariposas amarillas y su pueblo de Macondo, que también debía olvidarme de Rayuela y de Julio Cortázar y del Quijote de Cervantes.

Entendí que debía empezar a leer a Memín Pingüín y el libro El Vaquero, el TV y Novelas, para saber cómo habla la gente en la vida real, en la calle, y no en la literatura.

“Una disculpa, pero tuvimos un contratiempo y no pudimos hablarle antes para la entrevista”, traté de explicarle.

“¿Tuvimos? Tuvieron, del verbo, ustedes, porque a mí no me avisaron”, me corrigió el veterano comediante.

Entendí, entonces, que eso de hablar de bulto no es lo correcto y menos cuando se trata de justificar un retardo con un comediante de los años 80.

Y es que para un Chilango en Querétaro, no hay argumento que justifique un retraso, porque en esta ciudad no hay tráfico para explicar que me quedé atrapado y por eso no pude, no hice, y no llegué a tiempo; tampoco hay metro, para decir que estuvo atrapado dos horas bajo suelo a lado de una señora gorda; la única opción es argumentar que en Antea no entran teléfonos celulares y no hay señal de satélite que llegue a Jurica.

En dos segundos de conversación telefónica concertamos en que yo era un reportero de pueblo con poca cultura y “El Caballo Rojas” era, a partir de ese momento, “El señor Caballo”.

El comediante estaba a dos pasos de la angustia porque su columna en un periódico nacional, de deportes, y de color cafecito, no había publicado su columna “A las patadas con el Caballo”.

Como una manera de desahogo, el comediante me contó que había escrito algo de algún empresario poderoso, sobre los negocios que tiene que ver con el deporte, y que le dijeron que por políticas editoriales esos temas no se tocan.

Pensé que si censuraban “Al señor Caballo”, institución de la parodia política, del “mal” decir, de la arenga políticas contra esos funcionarios “chupeteadores”, como decía el insigne Palillo, qué se podía esperar un periodista del Bajío.

“El señor Caballo” Rojas tiene varios años presentando una parodia sobre Elba Esther Gordillo y la lleva a donde puede y donde lo dejan.

Con más calma y en confianza el comediante me explicó que siempre ha dicho lo que ha querido y como ha querido, pero que finalmente la parodia política es una forma de diversión, de entretenimiento porque “nadie hace la revolución por el precio de un cover”.

Verdad tan grande ha dicho “El señor Caballo”. La parodia política es una forma de entretener, de desahogo social, pivote para desinflar la presión social.

Palabras sabias de un comediante de las películas de ficheras, ahora que el país anda escaldado con movimientos sociales y en la cartelera hay películas que, dicen, hacen denuncia la realidad mexicana.

El arte en general es el instrumento y no el arma de rebelión política, de revuelta social, porque, como bien dijo “El señor Caballo”, nadie hace la revolución por el precio de una entrada al cine o al teatro.

Hablando de comediantes, la editora de esta H sección de espectáculos, de este H periódico, este columnista informal, llegamos a la misma conclusión: ¿dónde está el mejor comediante de parodia política de este país: José Natera?

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