El refugio de los mariachis asesinos

La Unión dispuso una serie de casas de seguridad en la Guerrero. Es precisamente el rumbo en que los mariachis asesinos se perdieron de vista.
25/09/2018
07:07
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Existe la versión de que los autores de la matanza de Garibaldi se disfrazaron en un local de República de Nicaragua, y que de ahí salieron con trajes negros de mariachi rumbo a la chelería en que dejaron tendidas a once personas, seis de las cuales murieron.

Un testigo dice que antes de abrir los estuches de instrumentos musicales que llevaban en las manos, y de los que sacaron armas largas (aunque emplearon también escuadras 9 mm.), los mariachis asesinos dieron vueltas en la plaza, fingiendo encontrarse en busca de clientes.

Un relato recogido por EL UNIVERSAL indica que los asesinos entraron incluso al tradicional Tenampa, para que no se sospechara de ellos. Según ese relato estaban esperando a que les confirmaban si en la chelería en cuestión se hallaba el líder de la Fuerza Anti-Unión, Jorge o Sergio Flores Concha, El Tortas.

El hecho es que entre los muertos no estaba El Tortas, sino el encargado de la venta de drogas en la Plaza Garibaldi: un sujeto conocido como “Chucho” y que según algunos comerciantes de la plaza se llamaba en realidad Francisco Espejel (uno de los hombres que esa noche perdieron la vida en efecto llevaba ese nombre y tenía 46 años). Ahí estaba también la viuda del antiguo encargado de Garibaldi, Víctor Barajas, asesinado en marzo de este año. Su nombre era Araceli.

Los dos murieron atravesados por las balas.

El estruendo de la descarga acalló los ruidos de la plaza y provocó una feroz estampida de parroquianos y turistas. Los mariachis asesinos (existe también la versión de que no todos los agresores iban ataviados de ese modo) corrieron, como se sabe, hacia República del Perú, en donde los aguardaban dos motocicletas KTM y una Pulsar. Las cámaras de vigilancia registraron su paso por Eje Central.

El rastro de los agresores se perdió, sin embargo, en las inmediaciones de la calle de Sol. Hay versiones de que esto sucedió en la calle de Luna, e incluso versiones que afirman que fue en la calle de Soto.

En el fondo es lo de menos. En todo caso, los asesinos de la Unión Tepito (las autoridades han identificado al menos a dos de ellos, Víctor Hugo Ávila, El Huguito, y Mauricio Hernández, El Manzanas), se fueron a refugiar a la colonia Guerrero.

2018 ha sido en Tepito el año de los “entambados”. Al menos cuatro cuerpos han aparecido dentro de botes metálicos, con narcomensajes escritos en el pecho o abandonados junto a los cuerpos. “Sigue la limpia”, decía uno de ellos.

El primer “entambado” apareció el pasado 7 de diciembre en Jesús Carranza y Bartolomé de las Casas. Los comerciantes advirtieron un bulto con sangre y llamaron a la patrulla. Hubo otro hallazgo semejante el 25 de febrero, esta vez en Matamoros, entre Tenochtitlan y Jesús Carranza.

El tercer “entambado” apareció el 26 de marzo en la calle de Florida; al cuarto, metido de cabeza en el bote de metal, lo encontraron el 24 de mayo en Bartolomé de las Casas y Tenochtitlan.

En Tepito dicen que el primero de ellos era el líder de la Unión en la Plaza Garibaldi, y que a partir de entonces la Fuerza Anti-Unión se apoderó de ese espacio privilegiado para la venta de drogas (unos cinco mil visitantes por día). A esto, aseguran los comerciantes, se debe que este año se haya recrudecido la pugna entre ambos grupos.

El jueves pasado las autoridades detuvieron, precisamente en la colonia Guerrero (Lerdo y Camelia), con varias dosis de cocaína, crack y mariguana, a una mujer apodada La China.

Se trataba nada menos que de la hermana del líder de la Unión Tepito, Roberto Moyado Esparza, El Betito (hoy recluido en un penal de Veracruz). Desde hace tiempo la Unión dispuso una serie de casas de seguridad en la Guerrero. De muchas de ellas se apoderó mediante la invasión y el despojo: ni el gobierno central ni las autoridades delegacionales hicieron nada. Contemplaron, año tras año, cómo la Unión construía su bastión.

Es una historia que los vecinos de la zona han visto y padecido desde hace cuatro o cinco años. Ahí todos saben en dónde guardan sus autos y sus motos los sicarios de la Unión, dónde se reúnen los fines de semana, dónde hacen sus repartos y planean sus actividades.

 

Es precisamente el rumbo en que los mariachis asesinos se perdieron de vista.

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