El otoño de un líder sindical.

Filiberto López Díaz

Como aquellos viejos perros de caza, cuando están a unas horas de morir, la mirada vidriosa, distraída y esquizofrénica del viejo, se veía aumentada detrás de sus lentes para leer. Igual que a las mascotas, las mejillas le colgaban y rebasaban ambos lados de las quijadas. De nueva cuenta el insomnio se había apoderado de él. Ahora no fue como la vez anterior, por su afán desmedido de riqueza, sino porque con amargura y resentimiento, con lo poco que le quedaba de lucidez, se empezaba a percatar que tenía más pasado que futuro, en la vida sindical.

Recorrió con la mirada, la penumbra de su cuarto. Cuando sus pupilas cansadas y desorbitadas se acostumbraron a la obscuridad, sintió un fuerte aguijón clavado en el alma. La certeza de que todo lo que poseía; inmuebles, terrenos, autos, joyas, cuentas bancarias, concesiones y demás, había ido a parar a sus bolsillos de manera ilegal. Explotando a sus compañeros: Los obreros.

Esta era la causa verdadera de sus desvelos. Saber que hasta los zapatos de sus hijos, las joyas de su mujer, las colegiaturas que pagaba, la ropa de su familia, los muebles, viajes de placer, los utensilios de cocina y todo, absolutamente todo, no lo había ganado con su trabajo, sino de explotar a los obreros; como “líder”. Sobre todas las cosas, él debería de seguir figurando, haciendo declaraciones estúpidas a los medios de comunicación y expresándose con bravuconadas, que no hacían otra cosa, sino demostrar lo pequeño de su espíritu y cobarde condición de saberse un cero a la izquierda; un perfecto: don nadie.

Precisamente recordó, que hace unos años, tuvo la magnífica oportunidad de burlarse y menospreciar a todas las familias de inocentes y paupérrimos compañeros, que al haberse opuesto a su reelección, y el político consiguió cerrar una fábrica, sin pagarle un sólo centavo a los obreros; todo, máquinas e indemnizaciones pasaron a manos del “líder”.

Bajó lentamente las escaleras. La medicina ya no le hacía efecto y empezó a sudar frío y a temblar, no obstante la elevada temperatura que se dejaba sentir a esas horas de la madrugada.

La cabeza le dio vueltas y miles de fantasmas lo rodearon. Eran sus compañeros, los vivos y los muertos que como dijo GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ en el OTOÑO DEL PATRIARCA, a gritos le expresaban: “...porque nosotros sabíamos quiénes éramos, mientras él se quedó sin saberlo para siempre, con el dulce silbido de su potra de muerto viejo tronchado de raíz por el trancazo de la muerte, volando entre el rumor obscuro de las últimas hojas heladas de su otoño hacia la patria de tinieblas de la verdad, del olvido, agarrando de miedo a los trapos de hilachas podridas del balandrán de la muerte y ajeno a los clamores de las muchedumbres frenéticas que se echaban a las calles cantando los himnos de júbilo de la noticia jubilosa de su muerte y ajeno para siempre jamás a las músicas de liberación y los cohetes de gozo y las campanadas  de gloria que anunciaron al mundo la buena nueva de que el tiempo incontable de la eternidad había por fin…  terminado”.

Desde luego amigo lector, usted tiene una mejor opinión

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