El estado como mandala

Luis Octavio Vado Grajales

¿Sigue siendo válido un manual que sugiere explotar lo defectos de los vecinos y servirse de los defectos del propio pueblo para tener un gobierno exitoso?

Don Ernesto de la Peña, sabio barbado, navegaba con seguridad lo mismo en los mares de la filosofía que en los de la ópera o la literatura. Y a su sapientísima pluma le debemos un pequeño libro que se llama Kautilya, o el estado como mandala, editado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.

Nuestro autor aborda las recomendaciones que para el gobernante se encuentran en un antiguo texto del Indostán, escrito por un cuasi mítico Kautilya, asesor de reyes y afilado conocedor de las debilidades humanas. Los consejos que desgrana este autor político (o político autor, podría ser más exacto) pasan de las virtudes del monarca a la explotación de los defectos de sus súbditos y enemigos, siempre en búsqueda del bien de la nación. No es un tratado de ética en el gobierno, sino de buen gobierno, que no es lo mismo.

De la Peña explica lo anterior narrando muy sabrosamente los primeros encuentros entre griegos e hindús, describe el sistema de castas y el origen extranjero del grupo gobernante, realiza ejercicios de comparación entre los consejos de Kautilya y los de Confucio, recordándonos que la narración histórica occidental no se conoce en la India, y que todo a final de cuentas se desarrolla en épocas tan míticas como ciertas, más veraces que verdaderas. Vale la pena recordar que ya Borges había señalado que en la literatura hindú no hay propiamente un abordaje histórico, ni por “escuelas” o corrientes de pensamiento.

Estas recomendaciones, que no es relevante si se trata de las sugerencias hechas por un avezado político a su soberano o si estamos frente a una recopilación de consejos de varias generaciones de eficaces ministros, se basan en la idea de que el gobernante quiere el bien de la nación, pero que para lograrlo debe obrar de formas no necesariamente éticas. Pareciera que el mensaje es que “el fin justifica los medios”.

Todo enlaza con la vieja, pero actual, noción de “razón de estado”. Esto es, no lo que quiere el gobernante para sí (enriquecimiento, fama póstuma, etc.) sino lo que desea para su pueblo a partir de juzgar lo que le es bueno y conveniente, en un difícil arte de taumaturgia patriótica, si se me permite el término.

Ahora bien, la relevancia del texto indostánico radica en considerar que su tema (¿y sus estrategias también?) siguen siendo válidas, pues a final de cuentas se basa en la pregunta más importante que todo gobernante se hace: ¿qué debo hacer para ser exitoso?. Esto supone una pregunta previa, que es lo que se considera “éxito” en el caso concerto.

Esta duda sobre la eficacia y la eficiencia era válida hace dos mil quinientos años, y lo sigue siendo hoy. Requiere una respuesta concreta, estrategias específicas que funcionen y lleven a buen puerto la nave del estado. Pero ¿cualquier estrategia es válida?

Los griegos antiguos, nos recuerda de la Peña, se sorprendía de que hubiera hindúes vegetarianos en la época posible del mítico Kautilya, hoy que tenemos veganos y antiespecistas, ¿sigue siendo válido un manual que sugiere explotar los defectos de los vecinos y servirse de los defectos del propio pueblo para tener un gobierno exitoso?

 

 

 

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