El devaluado arte de escribir columnas

Juan Manuel Badillo

Nunca se escribe una columna porque se nos da la gana. No a menos que sea usted el director o dueño de su propio periódico o revista y en esos casos puede escribir lo que quiera y como quiera, aunque no lo lean ni sus propios enemigos y de esos casos conozco un par.

Cito un ejemplo de afortunado nepotismo periodístico. Jean Paul Sartre (uno de los hombres más feos e inteligentes de este planeta) fundó su propio rotativo, Libération, para que nadie le anduviera pichicateando los espacios. Tómese en cuenta también que la obra del filósofo del existencialismo se podía medía por kilos de palabras y no por páginas.

Dije afortunado caso de nepotismo, porque Sartre era leído en el mismo sentido de su escritura, de forma masiva y con devoción. Eran otros años, otro país, y otro tipo de lectores.

Se escribe una columna por invitación o por mérito. En el primero de los casos, que son los más, porque conocido del dueño o director del periódico. En el segundo de los casos, que son los menos, porque se cree que el escritor o periodista en cuestión podrá decir algo interesante sobre cosas poco interesantes.

Nadie es un columnista siendo un don nadie. Debe jefe de su colonia, ser por lo menos. Para este tipo de puestos se piensa en el político simpático de la ciudad o padrecito de la iglesia local. En esos casos, la popularidad de lo que escribe se mide falsamente por la simpatía o el carisma del que escribe, aunque muchas veces esos factores no se relacionen jamás.

No se escribe una columna para decir lo que se quiera y como se quiera, porque, ultimadamente, para decir tonterías, cualquier tonto es bueno.

Tampoco es importante lo que se dice, sino como se dice. Muchos escriben sobre bajo la falsa creencia de que lo que se dice interesa a un hipotético y desconocido lector. Pero es real que casi nunca se sabe con certeza, que es lo que quiere leer un lector a las nueve de la mañana, recién salido de la regadera y todavía en bata de toalla.

Nada más falso pensar que los temas más populares son las nota del día. Muchas veces, es todo lo contrario.  Algunas de las más atractivas columnas del finado Germán Dehesa versaban de su familia y de cómo la señora de la casa se declaraba feminista de la UNAM para no ir al supermercado.

La pregunta acertada no es por qué escribir columnas, sino para qué. Otra pregunta obligada es quién las lee.

Un lector de columnas es alguien que ya sabe de las notas del día, ya se estresó con los números y los porcentajes de la economía nacional, ya le contaron del muertito de la esquina y ya sabe que Ricky Martin es gay.

Piensa mal quien cree que escribir columnas será la última base de una larga carrera escribiendo para periódicos.  El punto final de un oficio, cuando los dolores de espalda ya no dejan chacalear (declaraciones, que no entrevistas, tomadas en la banqueta) a gusto a los funcionarios.

Cierto que para escribir de la vida se debe saber algo de la vida, por lo menos. En otras palabras, que la edad es importante, pero no lo es todo, también cuenta eso que antes se llamaba cultura general y ahora se conoce como Wikipedia.

Cierto también que los genios adolescentes no escriben columnas, ellos están pensando en cómo diseñar el nuevo Google y hacer millonarios pronto y fácil y vestir con chanclitas todo la vida.

Pero hay todavía quienes consideran que escribir una columna es en pináculo de sus carreras, el santo grial del periodismo.  Que es un gusto y en ellos se les va la vida.

No todos los grandes periodistas son buenos columnistas. El arte de opinar por escrito es el equivalente a un gran conversador de café, pero como ya no hay ni conversadores ni cafés en donde sentarse para hablar de todo y nada sin que le pidan la cuenta cada media hora, los referentes se hacen imposibles. Como dicen los chavos de hoy: estamos en el hoyo.

FIN

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