El debate sobre el uso medicinal de la marihuana

Lídice Rincón Gallardo

Durante mucho tiempo, nuestro debate sobre las drogas ha estado dominado por el enfoque prohibicionista que penaliza el consumo, asumiendo que ésta es la mejor manera de combatir su propagación y de reducir los daños en quienes ya son usuarios. No obstante, el fracaso de la estrategia de combate frontal al crimen organizado asociada a esta política prohibicionista, ha sido evidencia de que tenemos que adoptar otros enfoques. Por una parte, estaría el de la prevención y, por el otro, el de control de daños que, si bien no fomentan el consumo de drogas, lo que hacen efectivamente es poner el acento en la seguridad de la persona usuaria, buscando rutas para proteger a las y los más jóvenes de iniciarse en el consumo y –de manera complementaria– generando estrategias para que quienes ya cuentan con una adicción puedan revertir sus daños y efectos en la medida que esto les devuelva su autonomía y funcionalidad. En nuestro país –aunque existen indicios que apuntan en sentido contrario–, el debate parece estar dominado por el enfoque prohibicionista, mismo que abre la puerta al crecimiento de las redes criminales para el tráfico de drogas, dado que el consumo tiene que realizarse de manera clandestina y de espaldas a la sociedad y, entonces, se coloca a las personas usuarias en situaciones de riesgo, violencia y discriminación. Pero lo que pocas veces se dice en relación con este enfoque prohibicionista sobre las drogas es que hace que se pierda mucho del potencial médico y curativo de algunas de las sustancias que hoy son calificadas como ilegales, entre ellas la marihuana, que se ha demostrado puede aliviar el dolor en pacientes enfermos crónicos y, además, paliar los síntomas de algunos padecimientos de carácter neurológico.

            Este debate ha vuelto a actualizarse a propósito del caso de Graciela Elizalde, una niña de ocho años, originaria de Monterrey, quien padece una forma grave de epilepsia que le ha provocado hasta 400 crisis convulsivas y espasmos en un día, además de frenar su maduración mental. Como haría cualquier padre o madre frente al dolor de un hijo o hija, ellos buscaron desesperadamente opciones de tratamiento, incluso si fueran experimentales, y dieron con una opción utilizada en Estados Unidos, Canadá, España, Uruguay y Brasil, la cual consiste en un aceite derivado de la marihuana que reduce drásticamente el número de crisis convulsivas. Los padres de Graciela lograron obtener la autorización de un juez para importar el medicamento derivado de la marihuana. Pese a ello, el Ministerio Público Federal adscrito al Juzgado Tercero de Distrito en Materia Administrativa del Primer Circuito interpuso un recurso de queja para impugnar dicha determinación. Ahora la moneda está en el aire ¿Por qué es que una autoridad del ámbito de la procuración de justicia interfiere con el derecho de una niña a la salud y a una vida de calidad? ¿Por qué se mantiene el enfoque prohibicionista cuando el consumo de este derivado de la marihuana no se hace con fines recreativos, sino por una profunda necesidad de paliar el sufrimiento de una persona?

            No queda más que señalar que el enfoque prohibicionista no sólo estigmatiza y coloca en situación de riesgo a quienes consumen el día de hoy sustancias consideradas como ilegales –una etiqueta que ha variado considerablemente a lo largo de la historia–, sino que también clausura la investigación acerca de muchos tratamientos y recursos médicos que podrían hacer que muchas personas –como la pequeña Graciela– recuperaran la salud y la calidad de vida. Tenemos que cambiar nuestros enfoques y reordenar nuestras prioridades. Efectivamente, necesitamos que cada vez menos personas se vuelvan adictas al consumo de sustancias prohibidas; pero también requerimos que nuestras estrategias para lograr esto no lastimen mas el tejido social y criminalicen a las personas usuarias. Si seguimos negando que sustancias como la marihuana podrían tener efectos positivos en algunos tratamientos médicos, lo que estaríamos haciendo es renunciar a la luz de la ciencia para internarnos en las tinieblas del miedo y la superstición.

 

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