El debate en Tijuana

Alfonso Zárate

Alguno de los tres será el próximo presidente de la República. De risa loca si no fuera tan grave.

¿Qué imágenes quedan tras el segundo debate entre candidatos a la Presidencia? La sonrisa enigmática de Ricardo Anaya, la reacción tardía de José Antonio Meade, la condescendencia de un López Obrador que se siente imbatible y la insignificancia de un sujeto apodado El Bronco.

Se trató de un encuentro en el que se dispararon muchas puyas, insultos y uno que otro chistorete, pero pocas, muy pocas ideas… Quienes aspiran a gobernar se mostraron aldeanos, incapaces de articular algo más que recetas gastadas, ajenos o indiferentes a la complejidad del escenario internacional y los desafíos que enfrenta México.

Trump fue un protagonista del debate y, después de él, Enrique Peña Nieto. Anaya recordó la recepción con tapete rojo del candidato que había insultado a los mexicanos. Y soltó un par de iniciativas: duplicar el presupuesto de los consulados para defender a los mexicanos en EU; construir una propuesta integral para los que regresan y garantizar su representación en el Congreso.

En contraste, Meade volvió a ser el vocero oficial de un gobierno reprobado, un candidato que no quiere o no se atreve a deslindarse de Peña Nieto. Sin embargo, dijo que en su gobierno no permitiría ningún acuerdo que no estuviera basado en el respeto; censuró las respuestas fáciles al atraso y advirtió que para sacar al sur de su pobreza hay que trabajar en las comunidades, llevar inversión, lograr que los jóvenes vayan a la escuela y consigan empleos. Más ágil y conocedor, sin ingenuidades, advirtió que no toda la migración es buena.

López Obrador se mostró más sereno y bromista que en el debate anterior. Los temas no eran, desde luego, los más cercanos a su sensibilidad y entendimiento, pero aprovechó el foro para reiterar las claves del sentido común: que la mejor política exterior es la interior; que el fenómeno migratorio debe atenderse de raíz, fortaleciendo la economía y rescatando al campo del abandono. Realista y moderado, llamó a establecer una relación de amistad y respeto mutuo con Estados Unidos.

“Nos va a tocar la renegociación del Tratado”, presumió, y ofreció convocar a EU, Canadá y Centroamérica para concertar una nueva “Alianza para el Progreso”. También habló de convertir los 50 consulados en “procuradurías de defensa de migrantes” y de llevar la defensa de los intereses de México a foros internacionales. De paso, anunció que Alicia Bárcena sería la embajadora de México ante la ONU. Pronto se sabría que la diplomática no estaba enterada y rechazó el ofrecimiento.

Al margen del desliz, el tabasqueño se dirigió a sus clientelas: “El ladrón que más afecta es el de cuello blanco”, “Que el gobierno represente a todos, no a una minoría rapaz”.

No eran los temas de la noche, pero al igual que sus adversarios aprovechó para hablar de otras cosas. De “México en el mundo”, prácticamente nada. De comercio internacional e inversiones, ni una palabra. De política exterior, democracia global y sistema universal de los derechos humanos, menos que nada. Lo mismo Anaya y el experimentado Meade.

Un debate insulso que será recordado, si acaso, por las bajas pasiones desatadas. La agresividad insultante de Anaya contra López Obrador: “El problema no es tu edad sino tus ideas anticuadas. No es que no hables inglés sino que no entiendes el mundo”. La finura del doctor Meade para reiterar que sus respetables adversarios son expertos “en lavado de dinero”, Ricardo un “demagogo” y Andrés Manuel un “empresario de la política”. El humor infantiloide del morenista: “Ricky Riquín Canayín” y el gag capulinesco de esconder la cartera ante el acoso de la mafia.

Alguno de los tres será el próximo presidente de la República. De risa loca si no fuera tan grave.

 

 

 

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