El código inglés

Vianey Arroyo

En un principio pensé titular esta columna como Dios debió ser inglés, pero sé que muchos lo refutarían diciendo: no, Dios es mexicano, por eso Birdman de Alejandro González Iñarritu se llevó cuatro estatuillas este domingo. Pero en seguida les explico a qué me refiero.

En una noche llena de tanta sensibilidad en la que los discursos estuvieron dirigidos hacia el concepto de “igualdad” en el país conformado a partir de la diversidad. El mensaje de todos los galardonados en los premios Oscar se resume a que no importa el género, la raza, el credo, la orientación sexual, la nacionalidad o las capacidades diferentes, todos debemos aportar para mejorar nuestro mundo.

Y es de estas aportaciones precisamente de las que quiero hablar. Entre otras cosas, en Inglaterra se crearon el fútbol soccer y el boxeo,  como los conocemos ahora; dos deportes, espectáculos y negocios muy importantes a nivel mundial. También es en este país donde el Teatro tuvo su origen como recinto, como empresa y como oficio. Igualmente, es ahí, en el Reino Unido donde nace y muere el creador de lo que sería la primera “computadora” de la historia.

The imitation game o El código enigma como le nombraron en Latinoamérica es la película que ganó Mejor guión adaptado escrito por Graham Moore en la octogésima séptima entrega de los Oscar. Dirigida por Morten Tyldum y basada en el libro (Alan Turing: The Enigma) de Andrew Hodges, ésta nos habla del matemático británico Alan Turing, quien, junto con su equipo ayudó al ejército británico durante la Segunda guerra mundial a descifrar los mensajes nazis que pasaban en código por un aparato llamado Enigma, para así contribuir a que los aliados a vencieran a los germanos, a partir de la construcción de una máquina electromecánica. El otro tema que se aborda es el secreto que este genio guarda.

Esta es la forma sintetizada de contarla, pero la cinta tiene varios aspectos que son interesantes de analizar. La recreación de escenarios y ambientes de la época es muy buena. Las actuaciones son sobresalientes, muy a la inglesa; aunque en mi opinión Keira Knightley (Joan Clarke) ha tenido mejores interpretaciones como la de Ana Karenina, La Duquesa, u Orgullo y prejuicio, por mencionar algunas. Mientras que, Benedict Cumberbatch como Alan Turing nos regala un mesurado papel bien ejecutado. Quien a mi juicio es verdaderamente destacado es Alex Lawther.

Según algunas páginas –como el suplemento Cinemanía del periódico El País, El diario.es o la revista Cloud computing en español- históricamente el guión parece tener varias inconsistencias, pero es aquí donde volvemos a la defensa del lenguaje cinematográfico, ya que no es que el director, el autor o los actores quieran engañar al público; es sólo que por cuestión de tiempo de filmación, fotografía, diseño de arte o incluso de construcción de personaje o simplemente por mantener la línea narrativa en una historia que debe ser contada en un cierto número de minutos y editada para su mejor apreciación, pues hay cosas que se salen de contexto; algunos elementos de la “realidad” o incluso de la obra literaria no funcionan para la pantalla, así que se tienen que simplificar y de paso, pues sí los realizadores les dan una manita de gato para que se vean “más bonitos”, porque una parte esencial de la cinematografía es la “estética”. Insisto en que no se puede juzgar igual un filme de ficción (aun biográfico) que un documental.

Sin embargo, la trama es interesante, pues Turing y sus compañeros van contra reloj para conseguir una misión de guerra, aunque para ellos es una cuestión más bien científica o personal que política. Esta misión los lleva en un momento dado a decidir si la gente va a morir o no, lo que los convierte en  una especie de dioses escondidos de manera ultra secreta en las instalaciones de Blechtley Park.

Lo trascendente es que nos presentan al espectador común (a esos que no conocemos a los cerebros detrás de la tecnología que utilizamos día a día) al pionero de la informática, que por si fuera poco, con su trabajo colaboró a reducir el tiempo de la guerra.

Así que además de las aportaciones del Reino Unido al mundo mencionadas arriba, contemplando ya a Turing y su máquina,  los ingleses cuentan también con Shakespeare, Wilde, Chaplin, Los Beatles, el propio Stephen Hawking del que hablamos la semana pasada, hasta JK Rowling, entre muchos otras personalidades de distintos ámbitos (incluida una larga lista de actores y personajes) que le dan su toque tan “british” a nuestra existencia.

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