El brujo romántico

Un verdadero personaje de mundo del toro nació un día como hoy 2 de febrero de 1952 en Apizaco, en el Estado de Tlaxcala, Rodolfo Rodríguez “El Pana”, el Brujo de Apizaco ya es una leyenda viviente, un torero romántico, que Quito tuvo el privilegio de verlo en el albero de la Plaza de Toros Belmonte, cayó de pie ante la afición quiteña que se entregó completamente ante el mexicano, el cual demostró su sencillez y don de gentes, accediendo a tomarse fotografías con cuanto aficionado lo solicitó, fiel a la fama que lo precedía entró a la plaza Belmonte en un carruaje tirado por caballos seguido con mariachis y salió en hombros de la plaza de toros, por la puerta grande.

Biografía y el Renacer de la Leyenda

Cuando tenía tres años, su padre murió asesinado. Para ayudar a su familia trabajó de panadero. Su apodo proviene de este oficio.

El 18 de marzo de 1979 tomó la alternativa en la Plaza México. Consiguió llenarla, gracias a los éxitos que había cosechado allí como novillero.

Desde el comienzo, sus enfrentamientos con toreros y empresarios le cerraron muchas puertas. En veintisiete años sólo ha toreado catorce veces en México D. F. Tiene dieciséis cornadas, diez de ellas en las piernas. Ha estado en la cárcel en siete ocasiones.  Se le considera el inventor de un par de banderillas al quiebro y a una mano conocido como ‘par de Calafia’.

Todo cambió cuando apareció en el sanatorio en donde se recuperaba, un empresario taurino. Preguntó por él y le habló sin rodeos: «Prepárate, que en un mes te despides en la México». Dicho y hecho. El domingo 7 de enero, el viejo matador regresaba de la provincia del olvido y hacía su último paseíllo en la plaza más grande del mundo.

Consciente de su leyenda, ‘El Pana’ no descuidó los detalles de su despedida. Llegó en una calesa tirada por caballos, luciendo una coleta natural, a la manera decimonónica. A las cuatro de la tarde, hizo el paseíllo exagerando la parsimonia, sonriendo, con el capote de paseo sin liar y fumándose un habano de calibre bélico. Treinta mil personas le observaban.

Lo que vino a continuación fue un recital de histrionismo aderezado con gotas de toreo caro. Sobre la arena, ‘El Pana’ entraba y salía de un trance artístico inverosímil: se movía como si sus pies pesaran de pronto diez mil kilos, arrojaba la muleta después de trazar un trincherazo de cartel, exigía a la banda de música que le dedicase dianas floreadas y enlazaba pases asombrosamente templados con trapazos de naturaleza preventiva. ¿El resultado? La plaza boca abajo. Un pinchazo y estocada. Delirio. Pañuelos. Lágrimas. Olés. Dos orejas para ‘El Pana’. Sombreros charros volando por los aires. El héroe da cuatro vueltas al ruedo y sale a hombros. Al instante la retirada queda desactivada. En el callejón, su apoderado se ve rodeado de empresarios que quieren hablar de negocios.

Genio y figura repentina del toreo, en una sola tarde ‘El Pana’ ha provocado una revolución al otro lado del Atlántico. Ya se le espera en varios países de América, y este mes volverá a la México. También que no se retira porque no quiere privar a los jóvenes de la oportunidad de verle torear. «Hoy -asegura- los toreros son muy ‘light’, como de plástico». Él es distinto. Está hecho de un material castizo, surrealista e imprevisible. Desde luego, ya no se fabrican tipos como él. Ahora sólo le queda conseguir lo más difícil: mantenerse a la altura de su propio personaje.

Todo ese pedazo de torero romántico estará en nuestras tierras nuevamente el 8 de mayo, la historia viva del toreo con olor a viejo será un debutante en la Plaza de Toros Santa María en donde alternará con el maestro Enrique Ponce del cual ya hemos hablado extensamente y Daniel Luque con toros de Ordáz y San Isidro. Pocas corridas le quedan a “El Pana” que como los buenos vinos entre más viejo más sabor y contraste le da a la fiesta de los toros. Debo confesar para terminar que este torero es de mis favoritos, y del cual he escuchado el mejor brindis en mi vida.

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