Dos o tres cosas que un reportero picky debe saber

Juan Manuel Badillo

Lo primero que debe saber un reportero de cultura o de espectáculos en Querétaro, es que no existen los reporteros de cultura o espectáculos en Querétaro. Que todos, sin distinción alguna, son reporteros de sociales, de esos que estudian tres años en una universidad para anotar nombres de gente bonita  y anotarlos mal.

Digo lo anterior con todo respeto a todos esos amigos y amigas que ejercen ese oficio de la “socialité”, tan respetable como cualquier otro.   

Muchos creen que esos seres, armados con libretita y bolígrafo de los que no saben fallar (y valen sólo cinco pesos), se dedican, con esmero, a escribir artículos chiquitos y párrafos mal redactados, para gente que no lee periódicos ni revistas, que sólo las miran.

Que esos muchachos con simpáticos chalequitos, como empleados del IFE,  tienen por obligación el poner buena cara con la gente más grosera que le niega una foto o la acreditación a un espectáculo.

Que deben resignarse a ser maltratados por aquellos que promueven un show o un evento como si fueran los XV años de sus propias hijas.

Deben aceptar que todos son mentirosos reincidentes y por tanto debe llevar siempre un ejemplar de su periódico bajo el brazo para demostrar solvencia profesional y no ser confundidos con caza cocteles.

Tener siempre argumentos “por el poco apoyo” al promotor, y explicar, como si fueran los editores, por esa foto mal tomada, ese título poco vistoso o ese espacio tan pichicato en sus páginas.

Deben jurar por su madre y por sus hijos, que no son caza autógrafos (como muchos), que no van a ver espectáculos gratis, sino a trabajar (como muchos) y que no son amantes de “selfies” con famosos (como muchos).

Aceptar que un reportero no es un ciudadano normal y que puede ser rechazado por ese funcionario estatal o municipal, el mismo que deja pasar a un evento a sus parientes, a sus amigos o a la novia en turno, si le da la gana. 

Que para las famosas PR (Public relations) esos reporteros no tienen dignidad y pueden esperar horas en la entrada de los recintos para que luego, como elegidos por el cielo, los dejen pasar.

Que no deben esperar  una buena contestación por parte de los organizadores, que siempre andan tan ocupados como para dar información a un reportero despistado.

Que debe tener cuidado  para saber qué se escribe, de quién se escribe y cómo se escribe, porque la amenaza del veto o la etiqueta de persona “non grata” siempre cuelga de sus cuellos.

Que deben entender que en los medios, como entre los gatos, también hay razas, y que si no eres parte de una televisora grande, no mereces ni el saludo.

Como parte de su preparación profesional, deben estar capacitados para ver un show de dos horas de pie, amontonados en corrales, y tener una vista de halcón para ver desde lejitos y sin hacer ruido.

Que esos tipos y tipas, con cámara en mano, llamados fotógrafos, son como moscas que revolotean alrededor, en los palcos VIP, entre los distinguidos. Que la frase que todos deben aprender de memoria es “tres canciones y para fuera”, y que nada de chistar, porque este negocio, como dijo el ex presidente Vicente Fox, es de “comes y te vas”. Que nada de estar pidiendo una entrada extra para la amiga o la esposa, porque ni amigos somos y que qué son esas confiancitas.

Que si en tantos años de estudio nunca aprendieron que el derecho del lector a ser informados es una quimera, que todo es publicad, y muchas veces publicidad no pagada, además.

Que si sus profesores no les enseñaron que un reportero no piensa, no opina, no siente, como si en la historia del periodismo no existieran esos comunicadores que opinaron, criticaron y señalaron, y por eso son recordados.

Y que si alguien tiene alguna duda, que pregunte quién fue y qué hicieron Gay Talese, un señor llamado Truman Capote, un gringo chilapastroso llamado John Reed, el dandy del periodismo  “socialité” Tom Wolfe, o a un tipo loco llamado Hunter S. Thompson. ¡Vale!

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