¿Dónde debe estar el recurso?

Luis Vázquez Villalón

La tecnología y los avances en los conocimientos de las diversas áreas del saber han convertido a muchas empresas privadas y a las instituciones públicas en verdaderos fósiles vivientes que sirven solamente para consumir recursos, volviendo a estos escasos y haciendo la lucha por el progreso aún más difícil.

Sin ánimo de confrontación ni de ofensa, considero que este es el caso de muchas de las instituciones encargadas de realizar el “gasto público” en nuestra nación. Al menos hasta como lo conocemos ahora.

Retomando un poco la teoría de Muhammad Yunnus, expuesto de forma concisa en su libro: Es posible acabar con la pobreza? en el que establece que una de las soluciones más importantes al problema que aqueja a billones de personas en el mundo son los microcréditos que les sirvan a ellos mismos para mejorar sus condiciones.

En el libro se detalla que dichos créditos se deben de otorgar a grupos de cinco personas, preferentemente mujeres y que la finalidad de ellos debe ser monitoreada por la institución bancaria (Grehaam Bank) y deberá tener por finalidad última mejorar sus condiciones de vida de alguna u otra forma. Con esos recursos pueden comprar ganado, poner piso firme en su vivienda, conectarse a la red eléctrica o construir sanitarios dignos. En otras palabras, las acciones efectivas del tan citado gasto social.

En otras palabras, están cumpliendo con las funciones de muchas instancias del gobierno, solamente que sin burocracia, sin lentitud, sin corrupción, sin moches y sin mala voluntad, sin que se necesite “la hoja rosa”.

El Estado es un ente demasiado amplio y al ser un Leviatán de mil cabezas controlarlo se convierte en una tarea verdaderamente imposible para los límites humanos, por lo tanto, hay que adelgazarlo y democratizar su control. Que haya menos cabezas que controlar y más cerebros controlando.

Esto lo podemos lograr cambiando de enfoque y rompiendo muchos paradigmas. Para comenzar, debemos cambiar el recurso de manos. Quitárselo al burócrata que tiene sus necesidades primarias cubiertas y que la obtención de los objetivos en materia social solamente significa puntos más o menos en una gráfica expuesta en la siguiente reunión para dárselo a aquellos para quienes es una cuestión de vida o muerte.

Debemos pasarlo de donde es dinero ocioso a las comunidades donde será la diferencia.

La manera de hacerlo es clara: convirtamos las instituciones de asistencia pública en gestores de microcréditos con fines sociales, con ello podríamos ahorrar mucho en nóminas, se lograría involucrar a la sociedad en la resolución de sus propios problemas, que por cierto, son difíciles de identificar desde una oficina.

Organizaciones bancarias que operen con pérdida (puesto que no tienen el fin de lucrar) pero que resuelvan los problemas que azotan a las comunidades, haciendo equipo con sus miembros.

Aquí podría añadir que las transferencias de esos recursos podrían ser más eficientes si se realizaran con monedas virtuales como bitcoin para así ahorrar los recursos perdidos en las transferencias en general y trolear. Pero honestamente reconozco que la idea de por sí ya puede ser interpretada como un ataque directo al status quo como para encima sugerir que opera con una moneda no reconocida por ningún banco central.

Si bien el cambio puede no ser tan violento, será bueno que los organismos gubernamentales se encarguen de realizar programas a partir de estas características (microcréditos enfocados a fines meramente sociales). La Sedesol ya ha tenido el buen tino de hacerlo en ocasiones pasadas.

Estudiante de la Facultad de Contaduría de la UAQ. @lui_uni

Comentarios