Don Nico, el sacristán

Gerardo Proal de la Isla

El sacristán nos llamaba con frecuencia la atención y como un abuelo paciente que conocía muy bien qué tarea podía asignar a cada quien, nos explicaba y daba la responsabilidad

Hace apenas unos días que tuve la oportunidad de realizar una nueva y breve, pero deliciosa aventura fotográfica en varios templos de nuestra ciudad, con el propósito de registrar algunos cuadros, cuyas reproducciones serán exhibidas en el Museo de Arte Sacro, ubicado en la calle de Allende 4 norte, en lo que fuera el hospital de los religiosos de la Orden de la Caridad de San Hipólito. Junto con la maravillosa oportunidad de observar parte de la gran riqueza artística y cultural que tenemos en nuestra patria chica, no pude evitar remontarme muchos años atrás y traer a la memoria por un lado, cuando me era permitido recorrer los rincones de uno de los templos más significativos de Querétaro y por otro, la imagen de uno de los personajes que conocí en mi infancia y a quien recuerdo con mucho afecto desde entonces, a quien conocíamos como don Nico. 

Don Nicolás era un poco sordo y caminaba arrastrando los pies a un paso lento, y en aquellos años no lográbamos explicarnos por qué lo hacía, como tampoco nos dejaba de sorprender con sus historias familiares en su natal Yuriria, Guanajuato, desde donde llegó a Querétaro, seguramente por la invitación de su coterráneo, el padre Timoteo Alvarez, para ser el sacristán del templo de San Agustín. Hablo de los últimos años de los turbulentos 60, cuando un grupo de chamacos aún a la primera década de vida, nos desempeñamos como monaguillos a lo largo de casi tres años hasta que las sotanas dejaron de dar la talla a los imberbes adolescentes que éramos, para dejar paso a una nueva camada de acólitos. Lo recuerdo muy bien, todos los días se encargaba de preparar lo necesario para las misas que los tres padres agustinos celebraban diariamente desde las 6:30 de la mañana y que regularmente los sábados y domingos íbamos a acolitar, a cambio de un modesto pago que significaba entonces mucho para nosotros. Esos fines de semana, don Nico nos daba una serie de instrucciones para rescatar de la bodega, entre muchos utensilios, un enorme rollo de alfombra roja que colocábamos a lo largo de la nave del templo, y donde más tarde ingresarían novios caminando para, al final de la ceremonia, salir felices como nuevos esposos. 

El sacristán nos llamaba con frecuencia la atención y como un abuelo paciente que conocía muy bien qué tarea podía asignar a cada quien, nos explicaba y daba la responsabilidad, en especial los domingos, ya que  las misas se celebraban desde temprano y hasta las dos de la tarde, y luego por la noche. Conocía muy bien de su oficio y muy pocas veces él reciba alguna llamada de atención por parte de los sacerdotes, a quienes también recuerdo con especial gratitud. Nos sentíamos privilegiados cuando don Nico nos cedía la oportunidad de repicar las campanas para las llamadas a misa o nos requerían para ingresar a las criptas.

Fueron muy especiales los días que subíamos a repicar en grupo las campanas, y ascendíamos por las escaleras sin las protecciones que fueron colocadas al interior de la torre mayor, misma que por alguna razón no fue concluida. Estar debajo de la campana  principal era toda una distinción que nos brindaba a pesar del tiempo que requeríamos para recuperar la audición. Además, esos momentos nos permitían disfrutar de sus relatos sobre su muy numerosa familia. Por su sordera hablaba fuerte, pero se notaba que disfrutaba charlar con nosotros y nos compartía un poco de todo aquello que había conocido hasta entonces, en su experiencia como sacristán en su natal Yuriria y en nuestra ciudad. Hablaba de pinturas e imágenes que eran ejemplo del talento de verdaderos artistas, así como del trabajo de ebanistas y herreros que transformaban la madera y el hierro en magníficas obras de arte que, para nuestra suerte, aún sobreviven en muchos de los templos como parte de un patrimonio, que aunque  no las podamos disfrutar cotidianamente, se conservan para continuar dando testimonio del tiempo y del arte de nuestro México.

Me parece que, como muchos de ayer, algunos de los sacristanes de hoy día tienen la oportunidad de sumergirse en el tiempo y también de aprender a valorar, cuidar y defender ese patrimonio de arte sacro que, junto con aquel más ligado a muchas otras expresiones que de alguna manera se encuentra a nuestro alcance, en otros espacios y rincones de nuestra tierra, engalanan el pasado y el presente de este Querétaro nuevo que deseamos conservar.

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