Discurso, mito y política

Este modelo no es de izquierda ni de derecha, tampoco tiene que ver con la moralidad de los motivos de quien lo use
06/12/2018
04:27
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Debemos optar por salir de la Unión Europea. El Reino Unido nunca ha sido tan fuerte como cuando se ocupó de sus propios asuntos sin necesidad de pedir ayuda o ceder soberanía a ningún país u organización, y menos a los burócratas paneuropeos que solo quieren mantener su poder y sus sueldos. No podemos decidir qué y cuándo pescar en nuestras costas, a quién permitir entrar o quedarse en nuestro país, como si ya no fuéramos dueños del mismo, ¿hubieran permitido esto Disraeli, Churchill, Lloyd George? Nosotros, que hemos salvado a Europa en dos guerras, ¿dejaremos que nos manden a quienes han venido dos veces a pedir nuestro auxilio?

El párrafo anterior es un ejemplo del discurso político que ha permeado en los últimos años, un lenguaje que expone un problema, en este caso la decadencia del Reino Unido, que señala como exclusiva a una causa, la unidad con Europa, y enarbola un pasado mítico o parcialmente real al que se puede volver si se rechaza a esa causa única.

No es un discurso que apele exclusivamente a la razón. No puede ser así porque ningún llamado político que sea exclusivamente racional hace salir al votante de sus casas para ir a las casillas; quien vota necesita sentirse llamado por algo que va más allá de su realidad inmediata, que apela a sentirse parte de algo, como el renacimiento de su país o el rechazo a un peligro grave e inminente.

Así la política práctica apela a mitos comunes y a símbolos que todos entienden, a historia compartida que no es meramente acopio de fechas, sino suma de actos heroicos que inspiran. Basándose en hechos percibidos o veraces (la política se parece a la ficción en que lo que narra no tiene que ser cierto, pero debe parecerlo siempre) ofrece un diagnóstico entendible para todos y una solución fácilmente explicable, que lleva al camino del renacimiento o cumplimiento del mito.

Este modelo no es de izquierda ni de derecha, tampoco tiene que ver con la moralidad de los motivos de quien lo use. Está probado en distintos países y con diversas ideologías; quien hace política sabe la importancia de ese mito común al que debe incorporarse como persona para ser exitoso, sabe también que somos seres simbólicos, que los gestos y los actos cargados de significado tienen un peso que arrastra.

¿Esto implica dejar a un lado la razón? No, y mucho menos en el ejercicio del encargo, pero sí admitir que los motivos por los que la ciudadanía (que no es mera suma de individuos sino personas distintas unas de otras) decide su voto son variados, complejos, conscientes e inconscientes, y no hay juicio o emoción que deba dejarse a un lado.

Usted, cuando elige por quien votar, ¿qué emociones y qué razones definen su voto?

Consejero Electoral del IEEQ

 

 

 

Doctor en Derecho, profesor universitario y autor de diversos libros en materia jurídica. Consejero Electoral del IEEQ. Twitter @lovadograjales

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