13/08/2019
10:37
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Tener el brazo izquierdo inmóvil desde hace varias semanas me ha vuelto una persona discapacitada. No puedo realizar muchas actividades que antes hacía de forma automática, sin dolor, dejando la mente libre para pensar en otras cosas, escuchando música mientras completaba tareas domésticas o hacía algo tan natural como bañarme, peinarme o vestirme. Hoy requiero ayuda. Sé que con la rehabilitación volveré a moverme como antes, pero no dejo de pensar en quienes viven con discapacidad.

La discapacidad es una condición vinculada con alguna deficiencia física, mental, intelectual o sensorial. Su definición más amplia incluye muchas formas de vida. Si nos ponemos a pensar, todos somos discapacitados.

Hace tiempo vi una ilustración sobre educación de la niñez. Al inicio del año escolar, un grupo de pequeños está en un pasillo de escuela. En el piso hay rayas como los carriles para las carreras de velocidad en un espacio deportivo. Hay niños bien nutridos, amados, sanos y felices que salen corriendo a su aula para alcanzar la meta. Hay otros con muletas, sillas de ruedas o grandes mochilas en la espalda, cuyo peso es tan significativo que no les permite avanzar. Son niños con enfermedades, trastornos alimenticios o falta de amor, son víctimas de violencia familiar o viven en condiciones de pobreza. 

Entre los trastornos más difíciles de diagnosticar cuando son muy ligeros, está la dislalia, una dificultad para hablar. Es un trastorno de articulación de los fonemas o incapacidad para pronunciar correctamente algunos grupos de fonemas, por ausencia o alteración de algunos sonidos concretos. La dislalia puede tener relación con la deformación de los órganos articulatorios del habla, en la boca.

La dislexia es una condición de por vida, que dificulta leer, afecta la comprensión lectora, la ortografía, la escritura, las matemáticas y el lenguaje, tal como el reconocimiento de los sonidos en las palabras habladas por otros, o en relacionar las letras con los sonidos que producen y la dificultad al combinar sonidos para formar palabras y decodificarlas. No es un problema con la visión. 

La disgrafia hace que la persona tenga dificultad al poner sus ideas por escrito y usar la ortografía definida por las instituciones oficiales. La lógica de la mente de esa persona choca de frente con las reglas.

La discalculia es un fallo en las redes de conexiones encargadas de procesar el lenguaje numérico. Desde mi infancia he ido detrás de mis compañeros en clases de matemáticas. Ahora sé que hay ejercicios para entrenar las redes neuronales de pensamiento preoperatorio y operatorio, correspondencia, reversibilidad, clasificación, ordenamiento y seriación. Para todas estas condiciones hay ejercicios de estimulación cognitiva.

En su autobiografía, escribió Neruda: “…Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan… Me prosterno ante ellas… Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito… Amo tanto las palabras… Las inesperadas… Las que glotonamente se esperan, se acechan, hasta que de pronto caen… Vocablos amados… Brillan como perlas de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío…”

Con las palabras tengo una relación cristalina y bella. Las amo y me siento amada por ellas. Un libro me transporta a otro tiempo y a lugares lejanos. Me hace pensar lo que piensa un personaje, ver el mundo con otros ojos. Los libros logran un encuentro mágico entre el escritor y el lector, quien logra mediante las palabras valorar a otro ser humano y sentir su dolor. 

La poeta argentina Alfonsina Storni expresa así el dolor de quien se sabe en desventaja: “Quisiera esta tarde divina de octubre / pasear por la orilla lejana del mar; / que la arena de oro, y las aguas verdes, / y los cielos puros me vieran pasar. // Ser alta, soberbia, perfecta, quisiera, / como una romana, para concordar / con las grandes olas, y las rocas muertas / y las anchas playas que ciñen el mar”. 

Miguel de Unamuno, el rector de Salamanca, escribió: “Cállate, corazón, son tus pesares / de los que no deben decirse, deja / se pudran en tu seno; si te aqueja / un dolor de ti solo no acibares // a los demás la paz de sus hogares / con importuno grito. Esa tu queja, / siendo egoísta como es, refleja / tu vanidad no más. Nunca separes // tu dolor del común dolor humano, / busca el íntimo aquel en que radica / la hermandad qu te liga con tu hermano”. 

A fin de cuentas, al no haber seres humanos perfectos, todos somos hermanos desde nuestra propia discapacidad.

Promotora cultural.

Autora de Historias íntimas de la casa de Don Eulogio, El arzobispo de gorro azul.

Twitter: @AraceliArdon

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