Diagnóstico y remedio

Luis Octavio Vado Grajales

¿De verdad no será mejor fortalecer a la ciudadanía local con múltiples instrumentos antes de seguir embarneciendo a los poderes y órganos federales?

Suele asumirse desde la capital del país que todo el aparato de gobierno de un estado se encuentra bajo el dominio de su gobernador. Que los ayuntamientos, las legislaturas y los órganos autónomos son simples ejecutores de las decisiones que se toman en los palacios ejecutivos, y que éstas son guiadas por el apetito de poder y dinero.

No siempre es así. Estas afirmaciones caen en la “falacia de generalización” en la que por el conocimiento de una parte se asume que el todo es así. Así, si en una entidad el ejecutivo controla con mano de hierro a todas las instituciones, se asume que así sucede en todo el país.

Tal diagnóstico, entonces, es equivocado. Y lo puede ser porque: 1) a partir de un hecho conocido se juzga lo que no se conoce; o 2) porque en razón de no hacer el esfuerzo de estudiar y documentar la realidad de cada entidad, resulta más fácil asumir que lo observado aplica en todos los casos. Puede suceder también que no sea equivocado, sino el producto del deseo de que, al ser aceptado, se reciba de la misma manera el remedio.

¿Qué es lo que suele recetarse para este mal erróneamente detectado? Una buena dosis de centralismo. El argumento es sencillo: si el diagnóstico es avasallamiento por el ejecutivo local, lo curaremos mediante la imposición desde la capital.

Este diagnóstico olvida dos cosas. La primera, la esencia del federalismo es atender las necesidades sociales de una forma escalonada, lo inmediato, por medio de autoridades de la localidad, conocidas y sopesadas profundamente por sus conciudadanos (¿No me cree? Piense en los chismes que siempre corren con respecto a quienes contienen por las presidencias municipales. Ciertos o no, demuestran conocimiento y preocupación de la ciudadanía). Lo nacional es atendido por autoridades a quienes poca posibilidad hay de conocer verdaderamente.

La segunda, y más importante, olvidan a la ciudadanía. Fortalecer los poderes federales no solo debilita a los gobiernos de los estados y municipios, también menosprecia la importancia de quienes votamos en las entidades, a quienes se nos considera lo suficientemente sabios e independientes para votar por los puestos federales, pero a la vez ignorantes para decidir adecuadamente en lo estatal.

No puedo asumir ni el diagnóstico ni el remedio generalmente propuestos. ¿De verdad no sería mejor fortalecer a la ciudadanía local con múltiples instrumentos (consultas populares, contralorías, transparencia, presupuestos participativos, cabildos abiertos, etc.) antes que seguir embarneciendo a los poderes y órganos federales?

 

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