Desde un café en Polanco

Luis Octavio Vado Grajales

En la Ciudad de México se toman decisiones que afectan todo el país sin conocerlo.

En la Ciudad de México se toman decisiones que afectan todo el país sin conocerlo, desde un café en Polanco por quienes de la provincia conocen lo que se ve a través de las ventanas de un avión. Cierto, no todas las decisiones. Cierto también que por ejemplo los tribunales federales suelen ser sensibles a las diferencias entre entidades dado que se nutre de profesionistas de diversas regiones. Pero en general percibo un tufillo centralista desde hace algunos años.

¿Por qué debería importarnos? Porque afecta nuestra vida diaria, como ilustraré con algunos ejemplos de decisiones que se nos quitaron a las entidades: si usted votó al menos en 2012, recordará que había dos casillas juntas (“espejo” se les llamaba) una encargada de la votación federal y otra de los sufragios para cargos locales. Pero desde 2014 hay una sola casilla para ambas elecciones, dicho de otra forma, menos personas contando más votos, como sucederá ahora que votaremos por tres cargos federales (presidente, diputados y senadores) y dos locales (ayuntamientos y diputados)

Otro caso son los juicios. Contamos con códigos procesales unificados, que establecen las mismas reglas para procesos penales, y lo mismo se está proponiendo en lo civil así como en lo familiar, ignorando las peculiaridades de cada estado. Vea usted lo que sucede con la materia laboral, se decidió incorporar las juntas de conciliación a los poderes judiciales locales, sin atender a la posibilidad presupuestal de los mismos.

Detrás de esta postura centralizadora se encuentra una visión del ciudadano cuando menos equivocada, si no es que perversa: se asume que en provincia somos lo suficientemente libres, inteligentes y perspicaces para elegir buenos representantes federales, pero estamos coaccionados, no decidimos racionalmente ni acertamos cuando elegimos autoridades locales.

Así, desde el centro del país, no sólo en un sentido geográfico sino sobre todo político, se tienen que elaborar más y más reglas para regir la vida nacional, en asuntos que antes podíamos decidir en lo local, pero que por la desconfianza ya apuntada, ahora se toman desde la CDMX.

Desde luego hay que reconocer que México es diverso, plural. Que no son iguales ni las costumbres ni las prácticas de San Luis Río Colorado, en Sonora, que las de Juchitán en Oaxaca. Pero dicha diferencia puede verse como algo negativo que requiere ser eliminado mediante una estandarización tipo restaurante de comida rápida, o apreciarse como la riqueza cultural que nos permite unirnos en aquello que a todos afecta y ser distintos en lo que nos caracteriza como queretanos, tlaxcaltecas o veracruzanos.

Esta tendencia tiene varios efectos nocivos. Una concentración de poder en manos de quienes probablemente no conozcan ni les importen la realidad fuera de la CDMX; la toma de decisiones equivocada por falta de conocimiento de prácticas, grupos y costumbres; desaparición de burocracia local especializada, entre otras.

Pero el efecto más grave es el centralismo mental. Que, efectivamente, un día nos lleguemos a creer que se acierta más y se es más virtuoso si se toman las decisiones desde un café de Polanco.

 

 

 

 

 

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