¿Democracia encadenada?

Luis Octavio Vado Grajales

Las mayorías a final de cuentas son producto de un conjunto de personas, pero cuyas decisiones pueden afectar a individuos

Tanto el título como el tema de este artículo me vienen sugeridos por el interesante pero perturbador libro de Nancy MacLean, denominado Democracy in chains. El objeto de este texto es mostrar como el sector ultraconservador (en lo económico) de Estados Unidos desarrolló toda una teoría y un plan de acción para controlar el gobierno en su país.

MacLean, con estilo claro y narrativa fluida, cuenta las andanzas del economista James Buchanan para crear un centro académico en el sur americano que no sólo provea una justificación ideológicamente sólida al programa conservador en la economía, sino que también forme a sus futuros operadores. Buchanan no era cualquier economista, ganó el premio Nobel de su materia en 1986.

La idea central de su pensamiento, según MacLean, radica en cambiar el foco de la atención de “quienes gobiernan” a “las leyes que nos gobiernan”. Esto a partir de reconocer la declinación del poder político sureño, así como el advenimiento de los derechos civiles (años cincuenta y sesenta del siglo pasado) así, lo que hay que buscar, se plantea, no es ganar las elecciones, sino limitar la acción del gobierno desde el propio derecho, a fin de que “nos deje trabajar en paz”

Este tema es muy importante. Hay una discusión de la mayor relevancia acerca de los llamados “poderes contramayoritarios”, esto es, el propio poder judicial así como los organismos constitucionales autónomos (Banco de México, autoridades electorales) y las agencias gubernamentales de control. Estas instituciones de gobierno tienen por razón de existir el contrapesar las decisiones de los órganos electos, cuando se considera que son contrarias a la constitución o a las leyes.

En la posición que describe MacLean, y que en cierta forma coincide con la que hace poco en esta columna exponíamos del polaco Adam Przeworski, estos poderes contramayoritarios sirven para proteger intereses de grupos que se ven afectados por el surgimiento de nuevas mayorías populares. El centro aquí es si se debe o no sustraer de la decisión de todos lo que afecta a unos pocos, que se estiman privilegiados por el antiguo estado de cosas.

Otra postura lo plantea de una forma diferente. Las mayorías a final de cuentas son producto de un conjunto de personas, pero cuyas decisiones pueden afectar a individuos, esto es, no ya la persona como un número que integra la masa, sino como una realidad sensible, psicológica y espiritual concreta, necesariamente distinta a cualquier otra, y que puede ser afectada gravemente por la decisión numerosamente más respaldada. Así, nace la necesidad de instituciones que sean capaces de proteger a los individuos frente a la multitud.

Claro, MacLean presenta una visión extrema, y aquí la he confrontado con otra que presentaría como virtuosas las instituciones que ella cuestiona. Pero sirve para la reflexión, en este México nuevo que parece se reinventa cada seis años, ¿qué valor le daremos a los contrapesos? ¿Los veremos como un refugio de quienes quieren conservar lo ganado o como el reverso necesario de los poderes mayoritarios?

Este tipo de asuntos no son meramente académicos. No se quedan en amenas discusiones en un Seminario universitario, se relacionan directamente con la forma de gobernarnos y la manera de entender la política.

Y justamente, por ser un asunto político, es un asunto que a todos nos interesa.

 

 

 

Comentarios