Debates

Debates del subdesarrollo

Juan José Arreola

El paso siguiente para mejorar nuestros debates es la construcción de una cultura de la civilidad que permee a todos

Después de decenas de “debates” protagonizados por candidatos a todos los puestos de elección popular, incluyéndose los contendientes a la Presidencia de la República, así como a las municipales y a las diputaciones locales, la conclusión es clara: en esta materia, México se encuentra en el subdesarrollo.

Los protagonistas. El objetivo de estas confrontaciones político-electorales es el de contrastar propuestas y proyectos de gobierno a fin de que la ciudadanía cuente con un elemento más que le ayude a definir por qué partido, coalición, candidato o proyecto emitirá su voto. Sin embargo, la mayoría de los “debates” que tuve la oportunidad de seguir puntualmente no cumplieron el objetivo.

Aprecio la existencia de dos factores fundamentales que imposibilitaron confrontación, intercambio de puntos de vista, propuestas, contrapropuestas y validación de compromisos. Uno de estos factores fue la insensatez de pretender moderar un debate y colocar en esta función a personas cuyo ego supera toda expectativa y proporción. Periodistas que se creyeron los protagonistas “tomaron por asalto” el escenario y decidieron controlar a candidatos; establecieron sus reglas y las aplicaron bajo su particular criterio; tomaron todo el tiempo que consideraron pertinente para tratar de lucir su sapiencia sobre la realidad mexicana y queretana.

Uno que otro llegó al extremo de cuestionar a un candidato, de arrebatarle la palabra y hasta de confrontarlo. Hubo otro “debate” en el que se incluyó preguntas de corte personal a los candidatos (“¿Ha sido infiel a su pareja?” “¿Asiste a misa todos los domingos?”). Esta actitud encasilló los encuentros políticos, los volvió invasivos y limitados para los candidatos. Contradictoriamente, se tornaron impositivos al grado tal de que las propuestas, las réplicas y contraréplicas fueron expuestas a medias o, de plano, fueron cercenadas.

“Debates” sin debate. El otro factor que considero pesó sobremanera fue el formato mismo y la mal formada costumbre de que entre candidatos se crucen acusaciones sin fundamento, se insulten y descalifiquen sus acciones o decisiones a la menor provocación.

He tenido la fortuna de seguir algunos debates que han protagonizado candidatos presidenciales en países como Colombia, Costa Rica y Alemania que nada tienen que ver con los de nuestro país. En éstos, el punto de partida es que un debate no requiere moderador; las reglas las ponen los debatientes, no se establecen espacios para réplicas y contraréplicas y el tiempo de intervención depende de la habilidad de cada participante en la confrontación de ideas, aunque sí se estipula un tiempo máximo del encuentro.

Un elemento fundamental, al menos en estos países citados, es la civilidad; es decir, que todos los participantes en el debate asumen el compromiso de no insultar, no acusar sin pruebas y no evadir la confrontación misma. Este esquema imposibilita que se sucedan minutos y minutos de monólogos —como aconteció en los “debates” mexicanos— y se dé espacio, sin limitantes, a proponer, a confrontar, a replicar y contrareplicar siempre con civilidad.

Bajo este esquema, por ejemplo, durante el pasado proceso electoral en Colombia se realizaron más de 25 debates regionales, sectoriales, por estructura social e incluso frente a audiencias infantiles y de blogueros.

Un paso adelante. Es cierto que los debates en este proceso electoral fueron mejores que en los anteriores, aunque no llegaron a convertirse en los promotores del conocimiento de las propuestas y sus cuestionamientos.

El paso siguiente para mejorar nuestros debates es la construcción de una cultura de la civilidad que permee a todos: candidatos, instituciones, Instituto Nacional Electoral y, por supuesto, a los medios de comunicación y periodistas.

 

 

 

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