De nuevo, la homofobia en Querétaro

Lídice Rincón Gallardo

El 21 de junio de 2005, en la capital de nuestro estado, el activista Octavio Acuña habría sido asesinado de 21 puñaladas, en su negocio particular, La Condonería “De colores”. Después de una serie de investigaciones policiacas que obviaron varias pruebas de homofobia, como la denuncia previa presentada por el propio Octavio y su pareja ante la Comisión Estatal de Derechos Humanos por hostigamiento por parte de la guardia municipal, se concluyó que el móvil del asesinato no fue la homofobia sino un simple asalto. Incluso, se detuvo a un presunto culpable, quien al año de estar encarcelado denunció ante la Comisión Nacional de Derechos Humanos haber sido torturado para confesar un crimen que no cometió. Quienes fueron compañeros de lucha de Octavio en la organización civil Asociación Queretana de Educación para la Sexualidad (Aquesex A. C.) han reclamado desde entonces que el crimen sí tuvo una motivación de odio por homofobia, pues él mismo habría sido víctima de amenazas e intimidaciones que fueron ignoradas cuando se denunciaron. Aunque Octavio y su pareja Martín eran personas pacíficas, quizás lo que les acarreó ese odio fue no tener miedo a mostrar su relación de manera abierta en un contexto conservador; y, en segundo lugar, su participación en la defensa de los derechos humanos para las personas de la diversidad sexual. Este hecho, a la fecha sin aclarar, sigue constituyendo un hito en la historia de las injusticias y la impunidad en nuestro país. Al menos, por dos razones fundamentales: por una parte, a causa de la efervescencia civil que despertó y que llevó a visibilizar muchos crímenes similares ocurridos en otras geografías; y, por otra parte, porque la sociedad civil de todo México, por primera vez de manera masiva, exigió al gobierno cesar con esa impunidad y esa doble moral que hace que las agresiones y crímenes de odio por homofobia y transfobia proliferen en nuestro país, y que se siga criminalizando a las víctimas en lugar de buscar justicia.

¿Qué ha pasado a diez años del asesinato de Octavio Acuña en Querétaro? Muy poco, desde el punto de vista de la acción pública en contra de la discriminación por orientación sexual e identidad de género. Pero si ha pasado mucho desde el punto de vista de la sociedad civil, que se ha tenido que seguir organizando y protestando frente a la proliferación de estos hechos lamentables en Querétaro. Todos los días, a través de las redes sociales y notas aisladas del periódico, nos enteramos de una nueva agresión o de un nuevo crimen en los cuerpos de personas de la diversidad sexual. Pero cuando nosotros y nosotras, como defensores de derechos humanos, tratamos de dar salida institucional y cauce legal a estos hechos, nos topamos con el miedo de las víctimas a la denuncia; con el temor a ser ridiculizadas, a que sus familias sean exhibidas y experimenten la burla de la sociedad conservadora; nos enfrentamos con todas aquellas condiciones discriminatorias y prejuicios que hicieron que el crimen de Octavio Acuña nunca fuera aclarado.

No exagero al señalar que muchas vidas se podrían perder por la homofobia y la transfobia antes de que la autoridad estandarice los protocolos de atención e investigación policiaca, para hacerlos coincidir con los más altos estándares de derechos humanos en la materia. Tampoco creo ser alarmista si digo que en Querétaro la homofobia es más grande de lo que pensamos, porque la mayoría de las víctimas y sus familiares no denuncian por miedo y una vergüenza interiorizada que todos nos hemos encargado de apuntalar. Esto no puede seguir así. Si de verdad queremos ser orgullosos queretanos y queretanas, y presumir de nuestro compromiso con la justicia y los derechos humanos, tenemos que combatir la homofobia. Por supuesto, la que se despliega de manera trágica en los crímenes y agresiones de odio, pero también la que está en nuestras casas, en los chistes, las burlas y los programas de televisión que ridiculizan la diversidad sexual. Si no combatimos esta impunidad, muchas personas más van a morir. Y, ¿de verdad queremos convertir a Querétaro en un catálogo de violaciones a los derechos humanos y crímenes de odio por homofobia y transfobia?

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