20 / junio / 2021 | 19:00 hrs.

De los últimos y los primeros

Gerardo Proal de la Isla

Ser el noveno de diez hermanos criados y formados en la segunda mitad del siglo XX en aquel Querétaro que fuera muy distinto al que vivimos actualmente, significaba estar en un nivel muy diferente al que hoy día tenemos para nuestros menores en general y consciente de que las familias grandes ya no se dan como en antaño.  Decir distinto no implica emitir un juicio sobre la ciudad, ya que para mi sigue siendo tan maravillosa como entonces, solo que en estos tiempos enfrenta retos y problemas muy diferentes a las muchas carencias que tenía apenas unas décadas atrás. Menos mal que muchas familias eran grandes en aquellos años y quienes ocupamos un lugar bastante lejano a los primeros hijos, es algo que hay que agradecer, ya que de lo contrario no tendría la oportunidad de estar escribiendo estas líneas.

Ser parte de los menores implicaba una serie de condiciones que había que aceptar de los mayores, sin mayor opción de negociación alguna. En la casa familiar había un comedor para celebraciones, un antecomedor de uso diario y una mesa en la cocina donde los menores nos sentábamos a disfrutar de los santos alimentos. Llegar y poder sentarse en los dos primeros era un proceso largo que tan solo se dio con el transcurrir de varios años. Mi madre, quien fue muy amorosa con todos nosotros, siempre tuvo consideraciones, pero cuidaba mucho la no participación de los menores en asuntos de mayores.

Disfrutar los alimentos significaba entrar una competencia cotidiana. Tomábamos leche bronca de Carretas, surtida por carros tirados por un caballo percherón. Ahí venían los primeros problemas para apartar la nata y disfrutarla con un crujiente bolillo recién horneado en La Vienesa, que mi madre nos compartía a quienes lográbamos un lugar en su cama los fines de semana o durante las vacaciones, lo que era todo un privilegio, mientras que elegir algún pan dulce o un platillo en especial, demandaba de una estrategia y pequeñas batallas para lograr el objetivo.

Ser de los menores tenía ciertas ventajas en cuanto a que la vigilancia paterna era un poco más relajada y nos permitía darnos un par de gustos. En especial había una regla al concluir la comida: respetar la siesta de mi padre y durante esa hora nos reuníamos y realizábamos actividades que no incluían gritos o mayores ruidos; disfrutamos de una vieja mesa de Ping-Pong, hecha de madera que montábamos sobre unos caballetes y realizábamos torneos durante horas que aún recuerdo con especial agrado. Heredé del mayor de mis hermanos una bicicleta Phillips rodada 28, con la que tuve la oportunidad de conocer la ciudad y preocuparme más de los perros sueltos que de los propios vehículos y eso es mucho decir en la actualidad.

Visitas a la casa de los abuelos nos significaba disfrutar de muchas cosas a pesar de que a mi me tocó tan solo conocer y disfrutar a mis dos abuelas. Las casas de ambas guardaban rincones y recuerdos únicos que compartimos con los primos cercanos, en edades similares y de los cuales hoy día platicamos como si apenas fuera ayer. Sin embargo, es importante mencionar que aunque no nos era permitido estar cerca de los mayores, eso mismo nos mantenía alejados y ajenos a los problemas y situaciones que se vivían en el momento.

Era muy recurrente que las hermanas y hermanos tuviéramos invitados con quienes compartíamos una gran cantidad de juegos como cinturón escondido, bote pateado, futbol o en especial cuando obteníamos un salvoconducto para organizar un guerra con globos llenos de agua hasta que alguien mayor ponía fin de manera tajante al evento. Era una delicia llevar a cabo un concurso de pompas de jabón que con una cuidada mezcla de agua y detergente en polvo permitía que las burbujas resistieran unos segundos más. No éramos ajenos a pequeños accidentes o contingencias, pero aprendíamos siempre cosas nuevas que nos significaron mucho en el tiempo. La lectura estuvo presente a pesar de tantas otras actividades como escuchar la radio o ver televisión.  Cuentos e historietas ilustradas fueron un problema para mis padres cuando yo me sentaba a la mesa. Invariablemente me acompañaban. En otros juegos, prefería con las herramientas de mi padre, cambiar una punta al trompo de madera de mezquite para resistir mejor las competencias, así como la colección de canicas y los concursos de yo-yo. Sin duda, otros tiempos.

Lo que considero más importante de esta reflexión, es que a pesar de formar parte de una estructura familiar grande, donde los pequeños andábamos en cosas de pequeños y en especial, en casa mi madre giraba las debidas instrucciones para que nos mantuviéramos al margen de los asuntos delicados de los mayores o de las noticias duras para mantener lo más posible un ambiente de niñez que hoy sería una formidable costumbre para lograr una mayor armonía y disminuir los riesgos de la violencia que, muy a pesar nuestro, está presente en hogares, escuelas. etcétera.

Este asunto de que unos sean primeros y otros los últimos, tenía su fondo y su forma. Entenderlo en su momento, nos dio la oportunidad de buscar ser buenos padres y mejores abuelos en esta urbe que sigue creciendo y nos observa transitar la vida. Este Querétaro nuevo que deseamos conservar.

 

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