De la edad y la ciudad

Gerardo Proal de la Isla

Cerró la puerta con un golpe suave y sin golpearla, pero seco y contundente, simbolizando en ello el fin de un ciclo y el inicio de otro nuevo, sin siquiera desenvolver aún los propósitos que vendrán y sin saber siquiera como enfrentará esa nueva etapa en la vida, en su vida, la que ha medido por décadas que cada vez ocurren y se suceden un poco más rápido. Salió y encendió un cigarrillo, a pesar de no fumar durante meses. Tal vez el trance de la decisión lo merecía y sin pensar en los posibles daños aspiró el humo. Sintiendo un leve mareo decidió sentarse en la primera banca que tuvo a mano en su recién iniciado camino y el humo del cigarro parecía dibujar los pensamientos que venían y se iban, tejiendo un recuento de lo que ha sido su tiempo.

Se devolvió en un instante a la segunda mitad del siglo pasado, el inicio de la década de los sesenta y  charló consigo mismo. Cuando tienes uso de conciencia en los primeros años de tu vida, el tiempo transcurre lento y el día nos regala largas horas para aprender poco a poco y de una a una, las cosas que cualquier niño con una infancia normal, dedicada justamente a eso. Vaya si se aprende, a caminar, degustar, percibir y conocer texturas, a hablar y a escuchar historias maravillosas  en los cuentos y con la mejor herramienta que posee un pequeño, la imaginación, descubrir el mundo en casa y en las calles de tu ciudad.

A los diez años, tu vida es otra historia y no piensas en todo lo que significará la siguiente década al pasar por la adolescencia, la pubertad y descubrir la sexualidad con la emoción de enamorarse por primera vez. Aprendes y asumes las primeras responsabilidades y si tienes la oportunidad de estudiar y continuar haciéndolo, vendrá la decisión de tu formación profesional en la que te verás envuelto cuando te pillan los veinte años y la ciudad tiene para ti un sinnúmero de espacios y rincones, a pesar de que aún luce más por las carencias. El tiempo comienza a mostrar poco a poco sus plazos y sus urgencias en compromisos, vencimientos, horarios y temporadas. Eliges la mujer de tu vida y emprendes la mejor aventura de la vida, que significa construir un hogar y formar una familia. El tiempo comienza a transcurrir a mayor velocidad, pero aún te das el lujo de tomarle un par de horas, a pesar del trabajo que poco a poco te atrapa en un mundo donde la realidad demanda mayor preparación. La ciudad muestra entonces su vestido que despliega a rincones y lugares que antes mirabas a cierta distancia.

A los treinta años, te trazas propósitos y estás inmerso en en eso que llaman plenitud y los cambios en la tecnología se presentan con mayor frecuencia, pero aún no muestran sus verdaderas intenciones. La década transcurre más aprisa, a la velocidad que los hijos crecen y la ciudad decide abrir sus puertas sin recato ni prudencia. Los cuarenta años se celebran con el arribo del nuevo siglo y un cúmulo de cambios insospechados. Más tecnología en una ciudad más grande y en un mundo que comienza a parecer más pequeño. El internet comienza a tejer su telaraña y uno ni siquiera imagina como te atrapará a ti y a los demás, mientras la ciudad tampoco sabe las consecuencias de su belleza y su hospitalidad. Mientras tanto, tú te reconoces distinto, más maduro, mesurado, has digerido triunfos y derrotas y asimilado los golpes que la vida nos da, unos tan solo por el capricho del azar y otros por el mérito de ser y estar.

Que distinto se ve todo a la distancia de los cincuenta años. Un mundo que vive acercando lo lejano y alejando lo cercano. Una ciudad que recién se da cuenta de los múltiples problemas y retos que significa el crecimiento y el desarrollo, atenta a reconocer y valorar la herencia de quienes respiraron su aire en otras décadas  y uno se entera que la colina de la vida comienza su descenso, mientras para muchos otros apenas recién comienza.

Apagó su cigarrillo y pensó en lo que sigue en el tiempo. No lo sé, se contestó a sí mismo, pero sin lugar a dudas será algo nuevo y deseó con todo el corazón que también sea algo bueno. Queda claro que las décadas por venir serán menos para él, pero ya no hay tanta prisa y, aunque el tiempo sigue transcurriendo a la velocidad que quisiéramos para el internet, ha podido colocar en su justa dimensión las cosas. Sus verdaderos afectos están ahí, acompañándolo en el camino que hoy recorre de la mano de su compañera; muchos otros de personas que no estando presentes, viven a diario en su memoria, y algunos más con la fortuna de seguir andando juntos la vida misma. Sin embargo, para la ciudad será oportuno pensar en planear plazos más largos. Después de todo, hoy es mucho más grande de lo que sospechó hace un par de décadas y seguramente continuará creciendo inevitablemente y habrá de enfrentar las circunstancias de su propia fama de ciudad próspera.

Se levantó de la banca y caminó sobre la calle de cantera rosa y sonrió par sí mismo, Se reconoció afortunado de vivir en esta ciudad que a pesar de la problemática que enfrenta y de los retos que hoy se le presentan, seguirá brindando oportunidades y mostrando sus encantos para quienes sigan valorando este Querétaro nuevo que deseamos conservar.

Comentarios