Cultura, la gran olvidada

José Sobrevilla

La cultura volvió a estar ausente en los tres debates presidenciales

Periodista cultural.

Apesar de ser considerada como el conjunto de rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan a una sociedad, la cultura volvió a estar ausente en los tres debates presidenciales. La única salvedad fueron los dos “debates” que realizaron sus representantes: Alejandra Frausto Guerrero, por Andrés Manuel López Obrador; César Moheno, por José Antonio Meade, y Raúl Padilla López, por Ricardo Anaya; el primero en el Centro Cultural Roberto Cantoral, convocado el Grupo de Reflexión sobre Economía y Cultura (Eduardo Cruz Vázquez) y el otro, por la Coordinación de Difusión Cultural UNAM (Jorge Volpi).

Ahí los futuros titulares de Cultura desestimaron la declaración de la Conferencia Mundial sobre las Políticas Culturales (Unesco/México 1982), donde las artes, modos de vida, derechos fundamentales, sistemas de valores, tradiciones y creencias se consideraron esenciales para dar al hombre la capacidad de reflexionar sobre sí mismo.

Repartieron ilusiones, como destinarle a la cultura 1% del gasto público, construir cinetecas en cada estado, incrementar la infraestructura cultural fuera de la CDMX, mejorar la Ley General de Cultura, transformar la institución federal en “Secretaría de las Culturas”, ampliar la participación de la iniciativa privada en el sector, garantizar la seguridad social de creadores, artistas y trabajadores, pero nada relacionado con lo declarado por la Unesco.

Frausto ofreció revivir el programa México, Cultura para la Armonía, que no funcionó con Tovar y de Teresa, pues llevarían ensambles y agrupaciones artísticas a las zonas más violentas del país y sumaría a los indígenas no como espectadores, sino como actores. César Moheno, del PRI, propuso agregar políticas para que los niños sean llevados a los museos. Padilla López, del PAN, implementaría la educación artística desde la primaria, entre otros ofrecimientos.

Las grandes inteligencias de antaño terminan opacando las desenfocadas reflexiones de los actuales futuros titulares de cultura. Nada que ver con la visión cultural de principios del siglo XX, cuando José Vasconcelos la fundamentó como política de estado. O lo plasmado en la Constitución de 1917, donde era considerada “marco mayor para el desarrollo nacional”.

A partir de los avances tecnológicos y la avasallante modernidad, ¿cómo se definiría hoy la cultura? Para la ex subdirectora general para la Cultura de la UNESCO, miembro de la Junta de Gobierno de la Biblioteca de Alejandría en Egipto y parte del Comité de Políticas para el Desarrollo de las Naciones Unidas, Lourdes Arizpe, además de ser factor primordial de unidad nacional, lengua, valores compartidos e identidad, también es espacio para desarrollar una visión de futuro basada en el consenso y la negociación, un “sector económico en crecimiento, con industrias culturales; valor de presencia y prestigio de México en la conducción de interacciones económicas, políticas y culturales con otros países en el proceso de globalización” (El futuro de la cultura en México, Proceso, agosto 2007).

Asimismo, en 2011, en la revista de la UNAM, Arizpe publicó que “el crecimiento exponencial de las telecomunicaciones, los audiovisuales e Internet están creando nuevas homogeneizaciones culturales y, al mismo tiempo, otras diversidades, lo que ha hecho evidente una gran efervescencia en la creación de nuevos códigos identitarios, sobre todo entre los jóvenes [...] Vale mencionar también, en el arte postobjetual, el performance y el videoarte”. La cultura puede ser utilizada para unir o dividir. Se ha utilizado en la última década para crear barreras insalvables cuando no se razona en torno a una creencia o cuando se clava como dogma para exigir que todos los demás se ciñan a ella, destaca la especialista.

 

 

 

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