Cuando se criminaliza la migración

Arturo Molina Zamora

Hace algunos años tuve la oportunidad de servir como funcionario público federal en materia migratoria y pude observar, analizar y operar diversos programas en pro de los derechos humanos de los migrantes que se encuentran en México o en su paso por el mismo.

Sin embargo algo que en aquel momento me llamaba de sobremanera la atención, era la marcada tendencia de algunos medios de comunicación para situar el fenómeno migratorio en las páginas y secciones de delincuencia, sucesos o nota roja; y hacer pensar a sus lectores que los aseguramientos de las personas extranjeras que se encuentran de manera irregular en nuestro país son delincuentes que merecen un trato como tales.

Sin embargo hoy que vuelvo a analizar dicha situación, me doy cuenta que esta etiqueta aún no ha desaparecido de las planas rojas y seguimos pensando que los migrantes son personas con deseos de delinquir y no de buscar una mejor calidad de vida para sus familias sin importar el país de donde vengan.

Criminalizar la migración es la principal defensa de los gobiernos y la sociedad ante la imposibilidad de resolver de fondo un problema que sabemos que siempre va a existir; ya que la migración en el mundo nunca terminará.

Los datos más recientes de Amnistía Internacional exponen la realidad de lo que estamos hablando, de mayo a octubre de 2013, mil 219 centroamericanos fueron encarcelados en México por diversos delitos sin que hayan sido sujetos de un debido proceso judicial. En muchas ocasiones son acusados sin ser ellos los culpables del delito que se les imputa o peor aún sin la asistencia consular a la que tienen derecho y que ésta nunca es activada con el criterio de “al fin que nadie aboga por ellos”.

Esta “política procriminalización” de los países involucrados ha sido altamente cuestionada a nivel internacional; incluso Amnistía Internacional la ha llamado “una fallida estrategia de seguridad”, pues tiene como objetivo criminalizar a los grupos más frágiles de la sociedad, sean migrantes, indígenas o personas de bajos recursos, tengan o no la culpa.

Para muestra de lo anterior tenemos el caso del migrante hondureño llamado Ángel, que en su paso por México buscando el “sueño americano”, fue secuestrado por miembros de la delincuencia en Tijuana y retenido en un casa de seguridad; Ángel logró escapar cuatro días después y hoy es presentado con otras 10 personas bajo los acusaciones de delincuencia organizada y portación de armas exclusivas del ejército. 77 días duró su arraigo y nunca contó con la ayuda de un abogado, ni de la asistencia consular y fue tratado de manera indigna y degradante a decir de las organizaciones defensoras de los derechos humanos.

Ser migrante no significa ser delincuente, debemos analizar el fenómeno desde un punto de vista social sin discriminar en razón de raza, nacionalidad y que por su poca y maltrecha vestimenta se encuentra alguien con pretensiones de delinquir. Son muchas las personas que su único objetivo es darle mejores condiciones de vida a sus seres queridos que están en su país.

 

Director General ArtMol Consultores y Servicios

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