Cuando invité al hijo de un narco

Lorena Jiménez Salcedo

El hijo del capo reta a la acción consciente, al compromiso con el otro, al desarrollo de una sociedad vinculada, integrada, que sabe hacer ciudadanos, que sabe asumir en sus propias manos su destino

A todos nos preocupa la seguridad y los altos índices de violencia que registra nuestro país. Sin embargo la gran mayoría “consume” la violencia de una u otra manera, ya sea a través de las películas, las series televisivas, las redes sociales o incluso la música. 

Un gran porcentaje de mexicanos que son interrogados acerca de cuál es el principal problema del país contestan que es el crimen organizado. Algunos aseguran que lamentablemente se está volviendo parte del ADN nacional y esto no es un asunto menor.

La acción frontal contra el narcotráfico no sólo ha dejado heridas a las instituciones, sino también a los ciudadanos. Somos una sociedad inmersa en su propio abismo, temerosos pero resignados, incrédulos pero acostumbrados.

Por eso la idea de invitar al hijo del capo más famoso del mundo no se me quitaba de la cabeza desde aquella vez que vi el documental “Escobar expuesto”. Su mensaje me parecía justo un primer remedio social para salir del espasmo, para incentivar la reflexión y, de ser posible, la resiliencia de una sociedad herida y falta de ánimo.

Hace algunos días estuve con él frente a frente e indudablemente la impresión a primera vista es el enorme parecido con su padre. Ya no se llama Pablo Escobar, se ha cambiado el nombre desde que vive en Argentina y se presenta como Sebastián Marroquín, arquitecto, conferencista y hombre de paz. 

Tomé con reserva esto último pues al final, como Santo Tomás, quería ver que tan cierta y sana era esa transformación del que pudo haber sido el heredero del Cártel de Medellín y que hoy viaja por el mundo dando charlas sobre combatir la violencia con paz y educación.

Percibí a un hombre de carácter firme y riguroso, pero también a un ser humano que ha sabido reinventarse y ha sublimado en positivo. Una persona que ha asumido una tarea valiente: pedir perdón a la sociedad y a los afectados por las acciones y crímenes de su padre; perdón por haber creado un ejército delictivo que se equiparó en fuerza al mismo Estado colombiano; por haber volado con una bomba un avión comercial con 107 pasajeros a bordo para eliminar al entonces candidato presidencial Cesar Gaviria; por los atentados con coche bomba en todo Colombia o los miles de asesinados que se ejecutaron por órdenes directas de su padre.

Sin duda, una tarea difícil que sólo quien cuenta con agallas de sobra puede asumir y más cuando la sociedad parece vivir extasiada con los excesos de la violencia, con la exaltación de la imagen de los narcos en la televisión, con la cotidianidad de la agresión y la normalización de la violencia.

La conferencia que ofreció Sebastián Marroquín ante los socios de Coparmex en Querétaro me ayudó para asimilar las ideas de cambio que ofrece. Esa perspectiva que de continuar haciendo las cosas igual, en México o en cualquier parte del mundo, llevará indudablemente a los mismos resultados, puesto que violencia genera violencia, pero educación genera bienestar y paz.

El hijo del capo reta a la acción consciente, al compromiso con el otro, al desarrollo de una sociedad vinculada, integrada, que sabe hacer ciudadanos, que sabe asumir en sus propias manos su destino. Con eso me quedo, con atar nuestro futuro a una acción organizada que supera la esfera gubernamental y recae directamente en el ciudadano. Con pensar localmente para impactar globalmente, con aceptarnos como ejes de cambio para que la sociedad mexicana comience a percibir la esperanza de tener un mejor país.

No se si Sebastián ha hecho las paces con su historia, pero reconozco que lo intenta y reconozco también que alienta a dejar de alarmar con violencia y comenzar a hablar de paz. Valoro que se una a los muchos generadores de paz en nuestra sociedad: maestros, ONG’s, voluntariados, organizaciones religiosas, instituciones públicas y privadas, ciudadanos de a pie que hacen el cambio en positivo a diario.

Sebastián Marroquín o Juan Pablo Escobar Henao no es el final de una reflexión, sino el comienzo. Quizá si asumimos nuestra parte de ese cambio de conciencia pronto l esa resiliencia que comenzó a lograr Colombia hace tiempo, y para ello una receta sencilla: abandonemos conscientemente nuestra especulación y vanagloria por la violencia y comencemos a hablar de paz. El reto es para hoy, y es de todos.

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