Cruzada Nacional contra el Hambre

Jerónimo Gurrola Grave

Adelanto que no es mi intención incomodar, herir y mucho menos agredir a nadie con el presente comentario; obedece más bien a una reacción natural ante la burla de que son objeto los más de 85 millones de mexicanos pobres, que según las estadísticas aportadas por los especialistas en medición de la pobreza y de algunas cifras oficiales, se incrementan todos los días. Lo digo porque la gran mayoría de los programas sociales, más que creados para resolver las necesidades de los mexicanos, están diseñados para engañar y tranquilizar a las masas empobrecidas, y al mismo tiempo para autopromoverse como políticos capaces.

Querétaro es considerado uno de los estados del país donde la pobreza es menos lacerante; sin embargo, importantes actores sociales protestan por la gran cantidad de pobres y por su grado de intensidad, como lo hizo apenas el obispo de Querétaro, monseñor Faustino Armendáriz Jiménez, quien en su homilía del pasado 24 de febrero señaló: “Aquí hay pobres hasta la saciedad, no es posible cerrar los ojos y permanecer insensibles ante una realidad demandante para las instituciones oficiales y para todo aquel que quiera realmente servir: los rostros que sufren nos tienen que doler”, señaló.

Y efectivamente, la realidad nos dice que de nada han servido los ríos de dinero utilizados como caridad pública durante varias décadas por los gobernantes en turno, a través de la gran mayoría de los programas asistencialistas como los actuales, Procede, Procampo, Oportunidades, Setenta y más”, “apoyo a madres solteras”, “piso firme”, “despensas”, etcétera —algunos de los cuales son otorgados por afinidad partidista y en épocas electorales—, si éstos no van acompañados de verdaderas políticas económicas y distributivas, que contribuyan al enriquecimiento del país y a un reparto equitativo de la riqueza nacional entre todos los mexicanos a través de la generación de empleos bien pagados y de resolver sus necesidades de salud, educación, vivienda y servicios básicos de los que menos tienen.

Pero a mi juicio, la lección aún no se aprende. Pareciera más bien que la intención de algunos políticos modernos es quemar la casa para calentarse; matar a los pobres para acabar con la pobreza. No se explica de otra manera proponer como parte de la Cruzada nacional contra el hambre, impulsada por el gobierno federal, la ingeniosidad de ejecutar programas de “huertos familiares”, “gallineros”, “invernaderos” y “microempresas” a familias de escasos recursos económicos, en los que participarán, de manera coordinada, dependencias de los distintos niveles de gobierno como la Secretaría de Desarrollo Social, la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI), la Secretaría de Desarrollo Agropecuario (Sedea) y los ayuntamientos municipales, según lo informaron de manera separada el delegado regional de la CDI, Aurelio Sigala y el Secretario de Desarrollo Social del municipio de Querétaro, Erick Osornio, en los que se gastarán muchos miles de millones de pesos, que, como desde hace décadas, se vienen echando al bote de la basura.

Según Osornio, “para tener un huerto se deberá tener primero una capacitación brindada por personal de Sedesol municipal para que quien lo reciba tenga los conocimientos para sembrarlo, cuidarlo y cultivarlo, pues son autosustentables, ya que la misma gente puede seguir sosteniéndolo”. Explicó también que los gallineros consisten en un “kit” donde los beneficiarios reciben un gallinero armable, seis gallinas y un gallo que producen varios kilos de huevo a la semana, con lo que pueden vivir hasta seis familias y se podrá hacer “trueque”, cambiar huevos por otros alimentos. ¡Una vacilada más!

No estaría mal solicitar un premio nobel para el ilustre mexicano que tuvo la ocurrencia de combatir la pobreza con la práctica del trueque, superado desde hace cientos de años.

Dirigente del Movimiento Antorchista

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