Costos y quiebra

Jaime Septién

Cuando renueve el PRI la Presidencia de la República, en unos días más, las aguas de buena parte del siglo XX volverán a inundar los pasillos de la burocracia del siglo XXI. Es parte de la democracia —se nos suele decir— que la alternancia se produzca sin sobresaltos. Pero el “quítate tú para ponerme yo” ¿agota la democracia? Los anuncios de la victoria así lo indican. También los de los encargados de organizar y arbitrar las elecciones.

Un dejo de disgusto nos recorre a todos los de a pie. ¿Para eso tanto gasto? Mejor que se pusieran de acuerdo, como en Agua Prieta, y se fueran turnando el poder. Si bien es cierto que el costo nominal por voto en México ronda los cinco dólares, los costos ocultos son insoportablemente mayores. Van, sobre todo, colgados a la publicidad explícita e implícita en los medios. Especialmente en la televisión, que es la gran ganadora de los comicios celebrados en México.

En el libro clásico de estas cuestiones, La quiebra de las democracias, Juan J. Linz analiza a profundidad los factores que confluyen en la ruptura de la legitimidad de la democracia política. Desde el tema de la oposición (leal, desleal y semileal) hasta el arduo tema de la legitimidad (como problema para el liderazgo democrático), Linz pasa revista, una a una, a las amenazas que enfrenta la democracia. Sin embargo, al final del texto —debería ser lectura obligatoria de todos los políticos surgidos, justamente, de un proceso electoral vía las urnas— enfrentamos, junto con el autor, la certeza de que el peor de todos los problemas que un sistema democrático puede tener es la indiferencia.

Dicho de otra forma: los ciudadanos ya votamos, los institutos electorales ya contaron los votos, los tribunales ya validaron las elecciones, los candidatos ya recibieron su constancia de mayoría, los diputados ya formaron comisiones, los nombres y los partidos cambiaron ya la composición de las cámaras, del gabinete legal, del ampliado, de los municipios (hasta en Oaxaca), de los estados… Reinicia la maquinaria. Hay alternancia: ya somos democráticos. Ya no tenemos nada más que hacer sino propiciar, celosamente, que “las nuevas autoridades” (que corren el peligro de ser viejas muy pronto) se pongan las pilas y trabajen por el bien del pueblo (que casi siempre coincide con el bien mío, particular, de mi entorno geográfico, social, económico). Esa es la indiferencia que quiebra a las democracias. Que da al traste con un proceso de justicia y lo transforma en un esfuerzo denodado de justificación por parte de los gobiernos emanados del voto.

Linz distingue, finalmente, entre “legalidad democrática formal reducida a legalidad y democracia genuina que puede definirse como la capacidad de respuesta de los gobernantes a las aspiraciones auténticas del pueblo”. La distinción es extraordinaria. La mayoría de los gobernantes “se creen” legítimos porque fueron elegidos legalmente. Y eso dicen a su gente. Y eso repiten en los medios. Y eso vuelve indiferente a la sociedad.

Pero eso no es el sistema democrático. Indudablemente, la gente los eligió por mayoría. Y está muy bien. Pero sería locura hablar de la sopa como el postre. Es el inicio de lo que debe desarrollarse en otras etapas. La capacidad de responder a lo que quiere la gente, a lo que necesita el pueblo, a lo que nos hace bien a todos, es la democracia. Lo demás, el jueguito ese de que lo que tú propones yo te lo tumbo, es pura perversión.

Periodista y editor

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