Consultas populares

Luis Octavio Vado Grajales

Hoy nos movemos entre quienes censuran la posibilidad de las consultas y quienes las apoyan. Y ambos bandos tienen razones a su favor

“Los elegimos para gobernar, no para que nos pregunten. Se supone que si se presentaron públicamente para ser nuestros representantes, entonces asumen que saben más que nosotros de los asuntos políticos; y sobre todo, que se van a dedicar a ellos en cuerpo y alma todos los días, ya que va a ser su único trabajo. Así, no entiendo por qué nos deban de consultar ni decisiones políticas ni técnicas, para las primeras se entiende que son expertos, y para las segundas, que le pregunten a los que saben, a quienes van a darles respuestas precisas y neutrales. Además, ¿cuánto se gastan en cada elección como para que ahora también se tengan que estar consultando cómo van a gobernar?”.

“Los elegimos para gobernar, no para imponer. Se supone que si presentaron públicamente para ser nuestros representantes, entonces asumen que nosotros sabemos de los asuntos políticos al menos tanto como ellos; y sobre todo, que se van a dedicar a satisfacer las necesidades sociales en cuerpo y alma todos los días, ya que es un trabajo muy honroso. Así, no entiendo por qué no deberían consultarnos decisiones políticas y técnicas, para las primeras hay que considerar que nosotros mandamos, y para las segundas, si les preguntan “a los que saben”, les van a dar respuestas sesgadas y parciales a favor de intereses económicos. Además, ¿cuánto se gastan en tantas cosas en lugar de usar el dinero para preguntarnos a nosotros, la ciudadanía, cómo deben gobernar?”.

Parece que hoy nos movemos entre estas dos posibilidades. Entre quienes censuran la posibilidad de las consultas y quienes las apoyan calurosamente. Y ambos bandos tienen razones a su favor, que tal vez nos parezcan convincentes (si no hemos tomado bando aún) en base a nuestras preferencias personales; no tanto partidistas, sino sobre lo que pensamos que debe ser un gobierno democrático.

En todo caso, la esencia de los mecanismos participativos, tales como el plebiscito (someter a votación una política pública), el referéndum (votar entre la ciudadanía una norma, legal o constitucional) o la revocación de mandato (retirar del cargo anticipadamente a un funcionario público por sufragio popular) es reconocer en la ciudadanía no sólo como origen de la representación, sino auténticamente del poder público.

No es un tema sencillo. Hay antecedentes negativos acerca de estos procedimientos, tales como su uso por Napoleón el pequeño para pasar de presidente a emperador de Francia; por otro lado, se considera inadecuado sujetar derechos fundamentales a la decisión de la mayoría. Además, hay países, como Bolivia, en que se ha desconocido el resultado de una consulta por parte del más alto tribunal.

Cierto que tenemos ya un marco legal que salva algunos de tales escollos, pero también es cierto que se propone su reforma para agilizar las consultas y permitirlas en un mayor número de casos. Así, no dude usted que las opiniones que lea sean una variación de cualquiera de las dos posturas que describí en los primeros párrafos.

Le pido recuerde algo cuando ese debate se abra: quien piensa distinto ni es necesariamente un enemigo, ni siempre estará guiado por intereses personales. Puede ser (suele ser) simplemente alguien tan buen o mal mexicano como usted.

 

 

 

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