Ciudades

Araceli Ardón

¿Cómo sería mi vida aquí, entre marineros, en una palapa tras las dunas, acariciada por la brisa marina?

La imaginación —la loca de la casa, decía Santa Teresa— hace que al caminar por la playa nos preguntemos: ¿cómo sería mi vida aquí, entre marineros, en una palapa tras las dunas, acariciada por la brisa marina? Eso me ocurre. Veo una vivienda que se levanta al filo de una montaña para desafiar al viento, como afirmando: “A mí no me hace falta nada. Soy un refugio de hombres águila”. Al final de las vacaciones, no obstante, me reafirmo como persona urbana. Soy caminante de las aceras.

Las ciudades son calles por donde transita la vida, hileras de edificios que se levantan para albergar a familias que viven una sobre la otra, que se asoman a ver el paisaje de cemento y hormigón por ventanas que sólo poseen rebanadas de aire, iluminadas por chillantes colores de neón. 
Abajo, el ruido de los automóviles, el paso de los peatones, el murmullo incesante de aparatos encendidos en todas partes: apartamentos, sótanos y bodegas. Música estridente que parece vomitar su desquiciante ritmo para taladrar los oídos. De repente, las notas de un órgano salen de una iglesia como si su misión fuera devolver el equilibrio, la música verdadera, y con ello confortar el alma de los transeúntes.

Las metrópolis del mundo, según la ONU, son Tokio con casi 38 millones de habitantes, Shangai y Yakarta con 30, Delhi con 25, Karachi con 22, Seúl, Manila, Bombay, la Ciudad de México con más de 20 millones. Junglas de asfalto, bosques de metal y acero, son hogares de seres humanos. Hombres y mujeres que se enamoran, ríen, hacen planes, tienen hijos y cuidan a sus viejos. Gente que cada día ingresa en los hospitales para que médicos especializados abran su piel, les trasplanten órganos nuevos, hagan pruebas con su sangre, cuenten sus glóbulos rojos y les devuelvan la esperanza. 

Decir ciudad es hablar del artificio de espacios realizados por constructores e instancias de los gobiernos, definidos por el paso de generaciones que dejan su impronta en lugares públicos: museos, mercados, plazas y puertos. El trabajo cotidiano, para los privilegiados, se realiza con el apoyo de 100 lacayos: desde limpiabotas hasta porteros de su edificio. En las modernas corporaciones, 50 jóvenes preparados en universidades prestigiadas están al servicio del señor, como ocurrió en el Medioevo. 

Los demás habitantes de la ciudad se enfrentan en una lucha constante para conseguir comida, pescar al vuelo oportunidades y conseguir un buen lugar en la fila, sea para un vagón del metro o para el mejor concierto de la temporada.

Pienso en París en la década de 1920 con imágenes de la película Midnight in Paris de Woody Allen, donde aparecen Picasso, Dalí, Hemingway, Zelda y Scott Fitzgerald, Gertrude Stein y otras celebridades. Imagino discusiones entre Diego Rivera y Braque. Escenas espléndidas: grandes creadores bebiendo en tabernas elegantes, bailando Charleston. 

Había otra cara en esa moneda. Dice Marco Antonio Campos sobre el poeta peruano, que vivió en París desde 1923: “Vallejo vivía aquí y allá en hoteles míseros. En las peores ocasiones dormía unas horas en el metro hasta que lo cerraban a la una de la mañana y tenía que deambular por las calles bajo las frías noches, y sentarse aterido aquí y allá, hasta la llegada de las primeras luces del alba. Miro la tumba de Vallejo y me nace un grave sentimiento de tristeza al imaginar una vida de dolor y de orfandad. Vallejo era serio y puro, decía Neruda. Él representaba emblemáticamente el alma mestiza latinoamericana que prefiere la marginación dolorosa a la humillación de la servidumbre”.

Un siglo después, la española Elvira Lindo describe a Nueva York, donde vivió 11 años: “Si vas como turista, te quedas sorprendido y admirado. Vas reconociendo cada rincón y te parece maravillosa; pero si te quedas a vivir en ella, vives la ciudad tal como es, y te das cuenta de que las cosas no funcionan, de que la vida es muy dura, de que la diferencia entre ricos y pobres cada vez es más grande, de que han desaparecido las clases medias, de que sus calles están llenas de mendigos y que los edificios están viejos y estropeados. Viviendo allí tuve la impresión de que un día se iba a caer uno de ellos y, como un castillo de naipes, iba a arrastrar a todos los demás”.

Quienes viven en un pequeño poblado y van a Nueva York, quizá se imaginan su vida en esa ciudad como quien hace realidad una película. Que esa película sea una cinta de acción o una comedia romántica, es elección personal.

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