Chumina

Josué Quino

"Abuelito, ¿qué es un merolico?"

—Abuelito, ¿qué es un merolico?
—¿Por qué?
—Mi mamá me enseñó que cuando te hacen una pregunta, por educación, primero debes responder, y ya después puedes preguntar.
—Esa tu mamá, siempre tan propia y tan políticamente correcta. Un merolico es alguien que habla mucho sin decir nada.
—¿Qué eso no era “cantinflear”?
—Bueno, mira, una vez, en una obra, yo interpreté a un merolico. Deja concentrarme a ver si me acuerdo y verás la diferencia. Ahí te va: “Señor, señora, señorita, amiguitos todos aquí presentes, tengan ustedes bien sabido que esta tarde no voy a venir aquí a robarlos. Chumina, animal del demonio, les va a decir a usted, a ustedes, que tiene la solución ante cualquier achaque, ante cualquier problema, enfermedad, desilusión, tristeza o algo que le provoque enojo o le quite el sueño. No le engaño, no le miento, no me insista. Si usted padece de váguido, de vitiligio, si usted padece de escorbuto o parece que es bien…”.
—¡Abuelito!
—¿Qué? , ¡así decía!, y  seguía: “Ahí adentro de ese pequeño costalito de terciopelo rojo se encuentra Chumina, la víbora mazacuata que le dirá con quién lo engaña su marido, señora, su novio o su amante. O si está usted enfermo, Chumina, el animal del demonio le dirá cómo curarse”. Y aunque eternamente Chumina prometía azomar la cabeza, mientras se iban juntando más y más curiosos hipnotizados ante el ciclón de promesas del merolico, éste terminaba ofreciendo una loción contra la rabia, contra la bilis o la desnutrición, que ¡claro!, nadie compraba.
—Y entonces, ¿el señor qué ganaba?
—Pues, ¡he ahí el gran secreto! El merolico nunca trabajaba solo. Siempre tenía a sus “paleros”, a  quienes les tapaba los ojos para que  leyeran la mente de la gente, o  adivinaran cómo iban vestidos. Pero ese tampoco era el secreto del merolico.
—¿Entonces?
—Mientras el merolico seguía hablando como matraca sin parar, unos personajes silenciosos se acercaban lentamente, por detrás de la gente que formaba el círculo protector de Chumina, y cuando él decía: “¡Que no le engañen! ¡Que no le cuenten! ¡Porque a lo mejor le mienten!”, y sacaba un paliacate para comenzar 
a hacer algo, que tampoco terminaba nunca, estos personajes se acercaban al público idiotizado por la facilidad de palabra del merolico, tomaban sutilmente sus carteras, les sacaban el dinero y se las volvían a poner en el bolsillo. 
—¡Ya entendí! ¡El merolico distraía a la gente mientras sus achichincles les robaban!
—¡Exacto!, ya te expliqué qué es un merolico. Ahora dime, ¿por qué querías saberlo?
—Es que pasé hace rato por el parque de los perritos, y había un grupo de chavos que le decían a unos señores que vestían como campesinos, que no dejaran que los candidatos se los durmieran como los merolicos, para robarles.
—¡Claro! Aunque el merolico no es el que roba en realidad, porque no lo hace directamente, pero es quien prepara todo para facilitar que otros le roben a la gente.
—Y Chumina viene siendo la bola de promesas que los candidatos políticos hacen y que nunca cumplen. Abuelito, este julio voy a votar por primera vez en mi vida.
—Pero cumples hasta el 28 de junio.
—Pero tengo chance de sacar mi INE hasta el 31 de enero, ¿me acompañas?
—¡Vamos!
—Aunque no sé por quién voy a votar.
—Eso lo iremos analizando juntos 
 y ya veremos. Tenemos que conocer las propuestas, más que las promesas de campaña. 
—Y conocer a quienes se postulen, me gustaría votar por una mujer.
—Este año tendrás muchas opciones. Todos los partidos están peleando por que se incluyan más mujeres en las candidaturas. Ya veremos, ya veremos.

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