31 / julio / 2021 | 04:06 hrs.

Chespirito bueno; Chespirito malo

Juan Manuel Badillo

Conozco a gente que tiene serios argumentos para odiar a Roberto Gómez Bolaños Chespirito.

Alba, por ejemplo, como muchos niños, amaba al personaje por sobre todas las cosas y cuando El Chavo del Ocho grabó por su casa la telenovela Milagro y Magia, pensó lo mismo que cualquier niña de 10 años: ir a su camerino y pedirle un autógrafo.

El comediante volteó a ver la chamaca, flaquita e insignificante, la barrió con la mirada y llamó a seguridad, con los mismos gritos de quien ve una cucaracha en su casa y le provoca entre espanto y asco.

Alba, con sus poquitos kilos, fue tomada por dos gorilas y depositada lejos, muy lejos del personaje y el hombre que más admiraba en ese momento.

La niña lloró y lloró, y cuando llegó a su casa quemó su pijama del Chavo del ocho, rompió el disco Mis canciones del Chapulín Colorado y nunca jamás más volvió  a pensar en El Chavo del Ocho.

Alba tiene ahora los años suficientes para tener marido y familia, y dice que cuando tenga hijos los obligará a firmar un contrato en el cual estarán obligados a no ver ningún programa de Chespirito malo, a riesgo de perder el derecho a usar el apellido materno.

A Roberto Gómez Bolaños lo entrevisté para una sección de cultura, vivía en una casita muy modesta, cerca del Parque Hundido en la Colonia del Valle, no salía de casa porque ya no podía caminar, sus piernas se habían deformado y tampoco podía subir escaleras. No hablaba por teléfono y tampoco recibía visitas.

No podía escuchar bien y para moverse necesitaba de Florinda Meza, su mujer, su asistente, sus ojos, su guía, su todo. Confesó que siempre quiso ser considerado un escritor serio y dedicó los últimos años de su vida a escribir poesía.

Dijo que sus personajes no fueron hechos pensando en los niños, ni para niños, no quiso contar que había dentro del barril, tampoco el por qué El Chavo no tenía papá ni mamá.

Total que Roberto Gómez Bolaños murió, en su casa de Cancún, donde vivía por recomendaciones de su doctor, porque el aire del mar caribe le ayudaba a respirar. Tenía 85 años, seis hijos, 14 nietos, y a Florinda Meza, su amor, sus manos, sus pies, su todo.

Televisa no escatimó recursos para demostrarle al mundo que era uno de los suyos, su principal soldado, y que no lo iba a compartir con nadie.

La televisora de Emilio Azcárraga Jean despidió al ícono, pero también su personaje más rentable, quien le dejaba unos 17 millones de dólares al año, por derechos de televisión abierta y merchandising y ahora de muerto esos números se duplicarán.

El comediante fue velado en Cancún por la familia y se organizó misa privada en San Ángel, con pocos invitados, sin prensa y sin público.  Se llevó a cabo senda ceremonia de cuerpo presente en el Estadio Azteca, con pueblo, no mucho, no más de 30 mil asistentes y no llenaron ni la tercera parte del llamado Coloso de Santa Úrsula. La gente lo vio de lejos porque no hubo permiso para tocar el féretro, ni dejarle una flor.

Alguien pidió el Palacio de Bellas Artes para Chespiririto, el mismo recinto donde fueron despedidos Cantinflas, Pedro Infante y María Félix, ídolos del pueblo, que fueron despedidos por su gente. Eso no sucedió con el Chapulín Colorado, quizá porque a Televisa le pareció poco y a la comunidad culta del país les pareció mucho, un exceso.   

Total, que Chespirito murió de la misma forma que vivó sus últimos años: querido por el pueblo, pero alejado de quienes lo admiraron, el pueblo.

Personaje dividido entre esa imagen de niño humilde, medio tonto, siempre hambriento, que vivió en un barril, y Roberto Gómez Bolaños, el comediante, hombre de mal humor que era capaz de negarle un autógrafo a una niña de 10 años y expulsarla de su camerino, como si fuera un maleante. FIN

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