Carver

Julio Figueroa

"Soy uno o varios de los personajes de los cuentos, en distintos momentos, diferentes circunstancias"

Tengo el libro entre mis manos, temblando, no soy el autor. Soy uno o varios de los personajes de los cuentos, en distintos momentos, diferentes circunstancias.
Historias tristes, grises, sórdidas, en el momento del quiebre.

Sin salida. Punto muerto. Hojas muertas.
Apenas un poco de luz se cuela a veces.

Conocí a Carver cuando murió. “Muerte de un poeta”, decía la nota del periódico con una fotografía del escritor, agosto de 1988. Luego un Inventario de JEP llamó más mi atención sobre el poeta  y narrador de cuentos. Una vida azarosa. Cuando mejor escribía, en su apogeo, murió a los 50 años.

Un año después tuve un primer libro de él en mis manos. Recuerdo la emoción de entonces. Saliendo de la librería, leí en un parque una de sus narraciones cortas. Quedé entusiasmado.
—¿Le pasa algo, señor?
—No, ¿por qué? Gracias.
—Lo veo raro.
—¿Cómo?
—Lo veo feliz.
—Ah.

El prodigio de la literatura y del arte en general, es que de gente ordinaria y de situaciones comunes, surja algo extraordinario, aunque sea el desastre.

 

***
Proceso 

Después de peregrinar por varios puntos de la ciudad (Tlalpan, Portales, Narvarte, Lindavista, La Viga, La Roma), regresé a Coyoacán, Viena 270-C-8, muy cerca de los Viveros, ya con Guadalupe y donde nacerían Dersu y Marina. Mi infancia la había pasado en Xicoténcatl 43 y en París 25, muy cerca del campo Fragata y del mercado Coyoacán. En aquellos años maravillosos y terribles de los 70 y 80, la revista  Proceso  de Julio Scherer salía los lunes, pero llegaba los sábados a los suscriptores y los domingos al aeropuerto de México. Como yo no era suscriptor, muchas veces el domingo me paraba muy temprano y tomaba el metro Coyoacán rumbo al aeropuerto para comprar la revista. Sólo para ver el Inventario de JEP. Lo leía en el camino y, ya bendito, como si hubiera ido a misa a comulgar, regresaba a casa a desayunar con la familia.

Lleno de ideas y entusiasmos, luego a veces escribía algunas notas dialogando con el autor de Inventario y, cuando podía, se las hacía llegar a su casa de Reynosa 63, esquina con Choapa, colonia Hipódromo Condesa, México, 06100, DF. Algunas veces, más tarde, me contestó, y desde entonces se abrió y no ha cesado mi diálogo con José Emilio Pacheco. Junté mis Inventarios en carpetas por años, por lo menos hasta los 90, y por ahí están perdidos en mi biblioteca dispersa. Creo que en la Casa Azul. No sobra decir que compré Proceso desde el primer año y lo sigo comprando y leyendo, salvo los años que he andado fueras y/o sin dinero. Escribo estas bagatelas con el  Proceso  2148 a la vista (31-XII-2017) y el gobernador Corral de Chihuahua, afligido y ensimismado por la narcopolítica, en la portada. He comenzado la lectura y relectura del Inventario de José Emilio. Gracias.  

—El derecho a la alegría en la mitad del infierno de la vida. (JEP, Inventario, tomo 1, Era…, 2017, p. 24).   
 
***
Nicol   

Sus clases eran un monólogo dialógico teatral sobrio y lúcido, la palabra bien templada y precisa, su cambio de lentes, su andar suave por el escenario del salón, impecable en su figura, bajo de estatura. Iba y venía de su casa a la universidad en un Volkswagen, en la colonia La Florida, cerca de los Viveros de Coyoacán. Especialmente recuerdo la lección de Pascal. Preguntó al final de la clase: —¿Por qué decía Pascal que el hombre no es ángel ni bestia? Evidentemente nadie respondió pero todos estábamos muy atentos a sus palabras. Nos dejó pensando. A la clase siguiente dijo: —Porque el ángel sabe, la bestia no interroga. Y siguió la clase. Seguimos pensando. ¿Cuál es la moraleja? Llegó la clase siguiente: —No sabemos, como los ángeles, pero a diferencia de las bestias, sólo nos queda preguntar. Allí donde alguien se interroga, comienza y se reproduce el primer acto de la filosofía.

Eduardo Nicol Francisca (1907-1990), filósofo catalán-mexicano, autor de una docena de libros publicados en el FCE 
y la UNAM. 

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