Calzones espiados

Eduardo Mejía

Los cuentos de La ley de Herodes, escritos entre los años cincuenta y sesenta fueron provocadores en su momento, y de muchas maneras lo siguen siendo; la palabra “calzones” se decía en privado, nunca en grupos donde hubiera hombres y mujeres; en los años sesenta cambiaron las costumbres; en una de las mejores novelas de esos años

Cuando la protagonista de What happens with Pampa Hash? le pedía al narrador que la acompañara a los almacenes porque necesitaba nuevos calzones, se le olvidaba la palabra menos hostil, y le pedía le dijera cuál era, él respondía “pantaletas”, lo que provocaba que la vendedora lo viera fijamente durante unos segundos, y él se perturbara.

Los cuentos de La ley de Herodes, escritos entre los años cincuenta y sesenta fueron provocadores en su momento, y de muchas maneras lo siguen siendo; la palabra “calzones” se decía en privado, nunca en grupos donde hubiera hombres y mujeres; en los años sesenta cambiaron las costumbres; en una de las mejores novelas de esos años, El grupo, de Mary McCarthy, el grupo de amigas viven en libertad con el cambio de las actitudes, sobre todo acerca de las relaciones sexuales, no necesariamente carnales; la minifalda dio libertad de acción, de movimientos, de pensamiento; cuando en la novela llega la maxifalda las amigas juran que nunca la usarán, y se vuelven partidarias de los pantalones.

Aunque a muchos les parezca extraño, los calzones femeninos llegaron muy tarde, en el último cuarto del siglo XIX, ante el escándalo de las autoridades religiosas, porque al usarlos las mujeres no se cuidaban y enseñaban las piernas sin impudicia pero sin candor; Renato Leduc decía que se metió a la Revolución al seguir a una mujer que arengaba a las multitudes, y al subirse al templete Leduc le espiaba las bellas piernas, y así la fue siguiendo de pueblo en pueblo. Alfonso Reyes explicaba la etimología de un apellido: una reina en Granada trepó a un árbol, y el que le detenía la escalera echó un “taco de ojo”; el rey lo sorprendió y lo condenó a llevar como apellido “Bernalgas”; su hijo pidió clemencia y le concedieron quitar una sílaba, y quedó “Bernal” (El licencioso y otras páginas).

En tiempos más revoltosos, hacia mediados del siglo XIX, la activista social estadounidense Amelia Bloomer comenzó a usar unos calzones largos para que no le vieran las piernas cuando se subía a los templetes desde donde proclamaba una libertad para las mujeres que aún no alcanzan; esa prenda, que tuvo vida corta pero que reapareció a finales de los años sesenta del siglo XX (calzones hasta las rodillas), fueron bautizados así por aquella activista.

Lola Gavarrón cuenta que Victor Hugo, al despedirse de las invitadas a sus fiestas, pedía que regresaran, “pero sin pantaloncitos”; los pantaloncitos, que ocultaban las partes pudendas, permitieron la popularidad de un baile, la parte más famosa de una ópera, Orfeo en los infiernos, de Offenbach-Crémieux-Havély, un galope infernal que utilizó un baile de moda a mediados del siglo XIX en Francia, en el que las bailarinas (aunque también había hombres) hacían piruetas gimnásticas en las que mostraban los muslos (en México, Ignacio Manuel Altamirano, asiduo a las representaciones en México, “cedió en su severidad” y fue admirador de las “pantorrilludas”, según relata Daniel Cosío Villegas). Por cierto, la más célebre bailarina de can-can, Marguerite Macé Mountrouge, bien pudo haber sido la causante de que las jovencitas mexicanas que se ofrecían a los franceses fueran llamadas las “margaritas”.

Pero si los “pantaloncitos” permitían movimientos que no exponían las partes pudendas, desde el principio se convirtieron en un atractivo mucho más erótico que las nalgas desnudas, al grado de que un personaje de las Memorias de Giacomo Casanova confesaba que para que no le vieran los pantaloncitos, prefería no ponérselos. Al usarlos, las aristócratas y las aspirantes podían bajarse de los carruajes con la confianza de que los caballeros, o los cocheros, verían las prendas y no el sexo desnudo.

Los años posteriores a la Revolución Francesa vieron el desarrollo de las prendas íntimas, al grado de que ocupan la mayor parte del vestuario femenino, cuando en el siglo XIX las mujeres, sobre todo de la realeza, presumían de tener docenas de blusas y de faldas, pero apenas dos pares de medias y uno o dos calzones.

Pero si los blumers deben su nombre a una sufragista, las pantaletas lo deben a un personaje de la comedia italiana, Pantalone, que vestía calzas muy largas y muy anchas, como Antonio Espino Clavillazo en los años cincuenta a sesenta del cine mexicano; cuando los campesinos franceses dejaron de usar los incómodos culottes (calzón largo) y fueron apareciendo las prendas más cómodas, los llamaron “pantalones” en recuerdo de aquel personaje.
 

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