Caballos

Araceli Ardón

Hoy en día, muchos habitantes de las ciudades tienen automóvil y sólo algunos privilegiados poseen un caballo. Hace poco más de un siglo, muchos tenían un caballo y sólo los afortunados poseían un automóvil

En las páginas iniciales de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, que vio la luz primera en 1605, Miguel de Cervantes reproduce este diálogo entre Babieca, el caballo del Cid Campeador, y Rocinante, caballo del Quijote:

B. ¿Cómo estáis, Rocinante, tan delgado? R. Porque nunca se come, y se trabaja. B. Pues, ¿qué es de la cebada y de la paja? R. No me deja mi amo ni un bocado. B. Andá, señor, que estáis muy mal criado, / pues vuestra lengua de asno al amo ultraja. R. Asno se es de la cuna a la mortaja. / ¿Queréislo ver? Miraldo enamorado? B. ¿Es necedad amar? R. No es gran prudencia. B. Metafísico estáis. R. Es que no como.

El soneto —aquí incompleto— es un tratado de ironía, una denuncia social, una sutil burla hacia el amor, que nos hace perder la visión objetiva de la vida, y una queja contra la injusticia, que nos lleva a desdeñar a quienes nos acompañan, como el noble animal que ha sido, a lo largo de milenios, el más fiel amigo del hombre. 

Hoy en día, muchos habitantes de las ciudades tienen automóvil y sólo algunos privilegiados poseen un caballo. Hace poco más de un siglo, muchos tenían un caballo y sólo los afortunados poseían un automóvil. En el trayecto hemos perdido el contacto con el pelo del rocín, que cubre fuertes músculos que al moverse envían estímulos al cuerpo del jinete que, bien dirigidos, son terapéuticos.

Al caballo le debemos la novela caballeresca. El personaje central es siempre un caballero que realiza gestas de dimensiones reales y logra salir triunfante mediante su astucia, inteligencia y valor. Hay algunas diferencias entre este género y la novela de caballerías. Ambos géneros, sin embargo, han sido fundamentales en la evolución de la literatura. 

En El señor de los anillos, de J.R.R. Tolkien, hay 19 caballos con nombre y personalidad entre los muchos personajes equinos cuya colaboración es decisiva en la acción. La mitología y el folklore tienen cientos de caballos valientes que acuden al llamado del héroe, lo trasladan a donde se requiere su presencia, colaboran al triunfo en la guerra, llegan al destino antes que el adversario. 

Incitatus, el caballo de Calígula, fue poseedor de una cuadra de mármol y un pesebre de marfil, además de ser nombrado cónsul por su poderoso dueño, que se presentaba ante el pueblo como un dios. Miles de romanos sobrevivían a duras penas en el siglo I de nuestra era mientras este emperador cometía atropellos por los que ha pasado a la historia.

En 1485, cuando todavía los reyes se colocaban al frente de sus tropas, Ricardo III murió en la batalla de Bosworth contra Enrique, quien ganó el derecho de gobernar Inglaterra. Esa mañana, el rey pidió que su caballo favorito tuviera herraduras nuevas antes de iniciar la acción. El herrero no puso suficientes clavos en las herraduras y en el fragor de la batalla el caballo perdió una herradura, tropezó y cayó al suelo. El rey, vencido, fue ejecutado por los soldados enemigos. En el teatro, Shakespeare pone en boca de Ricardo III: “¡Un caballo, un caballo! ¡Mi reino por un caballo!”. Por falta de un clavo se perdió una batalla, y al perder la batalla se perdió un reino.

En las crónicas de Indias, los autores señalan la admiración que los caballos suscitaron en los primeros habitantes de América. Bernal Díaz del Castillo narra la reacción de los indígenas a la llegada de Hernán Cortés a la villa de Gil González de Ávila: “Y cuando vieron entre sus casas a un hombre a caballo y otros seis a pie, se espantaron en gran manera. Y después que supieron que era Cortés, que tan mentado era en todas partes de las Indias y de Castilla, no sabían qué hacerse de placer, y después de venir todos los caciques a besarle las manos...”. 

Cortés demostraba su poder al entrar a caballo a los caseríos del siglo XVI. Hacía que sus soldados entraran a pie. Lo llamativo en la narración es el sometimiento de los primeros mexicanos al fundador de la Nueva España. La mayor parte de los habitantes de la Ciudad de México no conocen la historia de Carlos IV, pero todos saben dónde está la escultura de su caballo. Dejo a usted la conclusión del caso. Mi humilde propuesta es bajar al poderoso del caballo para analizar su calidad humana, desprovisto de su pedestal vivo. Se ha dicho hasta el cansancio que si leyéramos la Historia no repetiríamos los errores cometidos por nuestros antepasados. 

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