Ataque a las libertades

Gabriel Guerra Castellanos

Entre los muchos incontables casos de constante asedio a la libertad de expresión alrededor del mundo, dos saltan a la vista no por la brutalidad ni por el uso o amenaza de violencia, lamentablemente tan comunes, sino por la forma en que se ha utilizado la justicia para acallar a voces de la discordia o la apertura.

Me refiero a los muy sonados procesos “judiciales” que se han seguido en contra de Julian Assange, el famoso fundador de la igualmente famosa WikiLeaks, dedicada a divulgar información confidencial o privilegiada que le hacen llegar informantes generalmente anónimos; y a las hasta hace poco nada famosas y hoy ya causa mundial, los integrantes de la banda rusa de música punk, las Pussy Riot.

Assange es un activista, investigador, programador y errante australiano que fundó en 2006 una instancia en internet a la que cualquiera podía enviar información que a su juicio debiera ser del conocimiento público. Desde denuncias por malas prácticas corporativas hasta documentos clasificados de distintos gobiernos. La idea era dar una salida a los que en inglés son conocidos como whistleblowers, los que dan la voz de alarma o de denuncia. La cantidad de salvaguardas que aplicó WikiLeaks para garantizar su anonimato es una verdadera obra de arte cibernética.

Su primer gran éxito mediático fue la difusión de un video en el que se observaba cómo desde un helicóptero militar estadounidense se balaceaba a civiles iraquíes, y en 2010 dio a conocer miles y miles de cables del gobierno estadounidense con hartos e incómodos detalles acerca de las guerras en Afganistán e Irak. Esto generó reacciones inmediatas en Europa y sobre todo en EU, desde donde partieron intentos por bloquear o sabotear a WikiLeaks y de hostigar a Assange por todos los medios posibles, incluido el judicial.

Como por arte de magia, dos mujeres en Suecia lo acusaron de violencia sexual por —según sus respectivas acusaciones— no haber usado condón durante las relaciones que sostuvo con ellas. La fiscalía sueca desechó los cargos casi de inmediato, pero súbitamente los reabrió y ha buscado la extradición de Assange con un empeño generalmente reservado para los criminales de guerra o asesinos seriales. Assange sostiene que las acusaciones y la intensidad de la persecución tienen motivaciones políticas, y basta ver todo lo que hoy hace el Reino Unido para extraditarlo para concluir que, efectivamente, NO estamos frente a un caso común y corriente.

Hace dos meses el fugitivo se refugió en la embajada de Ecuador en Londres, y acaba de recibir oficialmente el estatus de asilado político por parte del presidente de ese país, Rafael Correa, con lo que se ha abierto un nuevo frente, ahora diplomático, en esta prolongada batalla. El gobierno británico ha anunciado que no le permitirá salir del país si no es para enfrentar a la justicia sueca, y ha desplegado un operativo policiaco para impedir su posible escapatoria con un costo de cerca de 80 mil dólares diarios.

Las nuevas complicaciones le dan un tinte de novela de espionaje mezclada con farsa política, pues el protector de Assange, Correa, es el mismo que persigue judicialmente a medios y periodistas en su propio país.

El caso de las Pussy Riot es más reciente y un poco menos enredado, pero no por ello deja de ser escandaloso. Las integrantes de esta banda punk armaron un performance en una iglesia ortodoxa en Moscú para criticar al entonces candidato a la presidencia Vladimir Putin. Persignándose y cantando “líbranos Madre Santa de Putin”, las intérpretes produjeron un video que francamente yo calificaría de malón, pero que atrajo la ira del gobierno ruso, que las arrestó y acusó formalmente de hooliganismo (los españoles, tan propios ellos, lo traducen como “gamberrismo”) motivado por odio religioso. La condena por ese numerito: la bicoca de DOS años en prisión, por algo que en todo caso debería caer en la categoría del mal gusto.

Pero el mensaje del gobierno ruso, y de Putin, es muy claro: quien se meta con él, enfrentará consecuencias desproporcionadas, y así todos lo pensarán más de una vez. Esa es la lógica del Kremlin, fallida a mi gusto, pues las protestas se han multiplicado y los detenidos por los “desórdenes” incluyen ya al célebre ex campeón mundial de ajedrez, Gary Kasparov.

Hasta parece chiste: un activista, tres cantantes y un ajedrecista entran a un bar…
Pero no es cosa de risa.

@gabrielguerrac
Internacionalista

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