Amuletos

Araceli Ardón

Todos hemos tenido miedo. Quien más, quien menos, quisiera tener un amuleto que en verdad funcione, para ahuyentar los malos pensamientos, atraer la buena suerte, sentirse bajo la protección de algún poder benéfico

Cuando bajamos a la Cueva de Altamira, en Santander, nuestro profesor José Antonio Lasheras, quien fue director del Museo Nacional y Centro de Investigación de la Prehistoria, nos señaló las pinturas que representaban animales de gran tamaño carentes de patas: el creador no plasmaba las figuras para recrear el mundo. Deseaba inmovilizar a su presa. 

Aquellos hombres del Paleolítico Superior, armados de primitivas lanzas, temían a las bestias: vieron a sus contemporáneos ser atacados por bisontes, caballos, mamuts, ciervos y otras especies que competían con nuestros antepasados por la posesión de las praderas. 

Una de las formas de adquirir poder, de no sentir la impotencia que les imponía esa fauna salvaje, era para los cazadores el recurso de paralizar a la fiera en la pared, quitarle las patas a la pintura, dejarla quieta. Ese acto de representar a los animales para dominarlos es una forma de hechicería primigenia. 

A lo largo de los siglos, hombres y mujeres han querido atrapar la buena suerte, conseguir el éxito y ahuyentar a los malos espíritus con el uso de amuletos. Plinio el Viejo, que nació en el año 23 de la Era Cristiana, escribió en su obra Naturalis Historia sobre los amuletos, describiéndolos como “un objeto que protege a una persona frente a un problema”. 

Los antropólogos estudian el fenómeno cultural llamado “Efecto apotropaico”, que es el mecanismo de defensa mágico o sobrenatural que se manifiesta mediante objetos, actos, rituales o frases que tienen la función de alejar el mal. “Apotrépein”, verbo griego del que deriva la palabra, significa “alejarse”.

El poeta chiapaneco Jaime Sabines escribió estos versos: “La luna se puede tomar a cucharadas / o como una cápsula cada dos horas. / Es buena como hipnótico y sedante / y también alivia / a los que se han intoxicado de filosofía. / Un pedazo de luna en el bolsillo / es mejor amuleto que la pata de conejo: / sirve para encontrar a quien se ama, / para ser rico sin que lo sepa nadie / y para alejar a los médicos y las clínicas”. 

Sabines conoció en carne propia el miedo a los hospitales. De su largo poema “Algo sobre la muerte del Mayor Sabines”, habla de las estancias en centros de salud: “De las nueve de la noche en adelante, / viendo televisión y conversando / estoy esperando la muerte de mi padre. / Desde hace tres meses, esperando. / En el trabajo y en la borrachera, / en la cama sin nadie y en el cuarto de niños, / en su dolor tan lleno y derramado, / su no dormir, su queja y su protesta, / en el tanque de oxígeno y las muelas / del día que amanece, buscando la esperanza”.

Todos hemos tenido miedo. Quien más, quien menos, quisiera tener un amuleto que en verdad funcione, para ahuyentar los malos pensamientos, atraer la buena suerte, sentirse bajo la protección de algún poder benéfico. Amuletos y talismanes tienen mucho en común. La palabra “talismán” viene del árabe, “tilasm”, y del griego, “telesma” o “telein”. A saber cuál de estas lenguas influyó a la otra. El significado, sin embargo, es el mismo: “iniciar a alguien en el misterio”.

Los amuletos más antiguos, encontrados en China o en Egipto, tienen una belleza rara: son piedras talladas para darles rasgos humanos;  se trata de gemas que absorben la maldad o proyectan buenas emociones. Desde la Edad Media, los pentagramas se usan para atraer el dinero o el amor, y para alejar la envidia, la desgracia y la enfermedad. Hay quienes usan símbolos cabalísticos con la intención de hacer el bien, pero también con el deseo de provocar un mal a alguien específico.

Las maldiciones tienen cabida en esta reflexión. Violeta Parra, compositora chilena, cantaba así, para expresar su tristeza: “Maldigo del alto cielo / la estrella con su reflejo. / Maldigo los azulejos / destellos del arroyuelo. / Maldigo del bajo suelo / la piedra con su contorno. / Maldigo el fuego del horno / porque mi alma está de luto. / Maldigo los estatutos / del tiempo con sus bochornos. / Cuánto será mi dolor”.

Quisiera escribir un ensalmo contra la enfermedad y la pérdida. Entre mis metas entrañables está el crear una estrofa que alivie algún dolor. Todavía no lo logro. Mientras ese día llega, deseo que usted goce las mieles de esta vida, que sabe a dulce si buscamos en el panal adecuado.

Comentarios