AMLO a mano alzada

Miguel Ángel Vichique

La manera en que un dirigente toma sus decisiones constituye un elemento esencial del llamado estilo personal de gobernar. Y esto, a su vez, genera confianza o preocupación, según las señales que envía.

Lo anterior, de suyo importante, ha cobrado vigencia luego de que el pasado domingo, el presidente anunciara la cancelación del Metrobús en Durango tras una votación a mano alzada de los asistentes. Conviene tener presente que, como sabemos, buena parte de los que regularmente asisten a este tipo de encuentros lo hacen porque pertenecen a Morena; son beneficiarios de algún programa gubernamental; los llevan con pancartas o a realizar alguna tarea específica como participar en la rechifla al gobernador en turno o repetir consignas; en todo caso, son escenarios preestablecidos para el lucimiento del presidente quien aparece como tlatoani que sobre todo y sobre todos, da o quita, libera o sentencia, perdona o condena, pero en nombre del pueblo.

En este acto, realizado en Gómez Palacio, López Obrador aseguró: “Vamos, siempre, a estar consultando al pueblo, es la democracia. Es el gobierno del pueblo, para el pueblo y con el pueblo, no va a haber ninguna imposición”. Aunque, ciertamente, hay maneras de imponer.

El evento siguió el guión ya conocido donde “espontáneos” descalifican al gobernador anfitrión y aplauden y repiten lo que les indica el Presidente en esta especie de mítines de campaña. El modus operandi ha sido denunciado una y otra vez. Incluso, el PAN indicó que se trataba de una “celada presidencial” contra gobernadores de oposición y, también, de culto al presidente.

El gobernador de Durango, José Rosas Aispuro, enfrentó a quienes lo abucheaban. “Muchos de ustedes vienen y gritan acá —dijo— y cuando tienen que dar la cara no tienen el valor para hacerlo, yo sí lo tengo (…) y ustedes, muchos de los que aquí están, representan intereses oscuros…”.

Vale la pena cuestionar la legitimidad y representatividad de una “consulta” a un número de personas que, independientemente de sus filiaciones ideológicas y/o partidistas, en sentido estricto no constituyen un indicador respetable y mucho menos el sector mayoritario de la población.

Los dados aparecen cargados y cuestionan el ejercicio. De esta manera, si de suyo es polémico el mecanismo —entre amigos, para algunos—, resultan aun más graves las consecuencias.

El maltratado gobernador acusó a la morenista Alma Marina Vitela, alcaldesa de Gómez Palacio, como la organizadora del zafarrancho, con quien no tiene buena relación.

Luego de las críticas a este método exprés para abordar temas importantes —conveniente para unos, sin duda—, el presidente señaló que si persisten las quejas podría someter la decisión a una consulta popular, “pero no con el INE, con todo respeto, porque si no va a costar más que el Metrobús”, y añadió: ”yo no estoy imponiendo nada, fue la decisión de la gente”.

El problema es que si la mano alzada resultó escandalosa —por inconsistente—, las consultas organizadas desde el gobierno tampoco han suscitado confianza y certeza. No es casual, entonces, que alguien propusiera una consulta sobre las consultas, ¿y a mano alzada?

 

 

Director de War Room consultores

 

 

 

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