¿Adiós a los prejuicios?

Alberto Aziz Nassif

A medida que se acerca el 1° de julio crece un ambiente poblado de prejuicios sobre el tipo de democracia que existe en México y sobre los escenarios de la elección

A medida que se acerca el 1° de julio crece un ambiente poblado de prejuicios sobre el tipo de democracia que existe en México y sobre los escenarios de la elección. Recientemente Enrique Krauze publicó un artículo en The New York Times llamado ¿Adiós a la democracia mexicana? (7/III/2018), en el que desarrolla una serie de argumentos para demostrar que un triunfo de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) puede terminar con la “frágil pero auténtica democracia mexicana”. Me parece que el autor comete una doble equivocación: sobrevalora la realidad política del país y hace conjeturas que no se desprenden de ninguna evidencia firme, salvo el prejuicio. Este caso es sólo un ejemplo de lo que se dice y se repite en muchos espacios del país.

Abundan los ejemplos sobre las malas prácticas que han llevado a nuestra vulnerada democracia a una crisis. Violaciones a la legalidad, captura de los árbitros, desviación de recursos públicos para el partido gobernante y un largo etcétera. Para Krauze “México es una democracia”, lo cual significa que el mal uso político de las instituciones no afecta y que la regresión que puso en práctica el PRI desde 2012 quizá es una cosa menor. El autor dice que en el 2000, con Fox, el país inició un “ensayo democrático”, pero no dice que el resultado ha sido un fracaso, sobre todo en materia de estado de derecho, impartición de justicia y defensa de los derechos humanos, tres campos en donde hay una grave crisis. El filósofo francés, Gilles Lipovetsky, dice que el ADN de la democracia es la garantía de los derechos humanos.

Krauze argumenta que AMLO “no cree en la existencia de la democracia mexicana”, lo cual está en sintonía con lo que piensa la mayoría de los ciudadanos, como lo muestran los estudios de Latinobarómetro año con año, en el que nuestro país aparece en el sótano de aprobación y satisfacción democrática. También dice que AMLO no confía en el árbitro, lo cual empata con un alto porcentaje de mexicanos que desconfían del INE y del Tribunal, por su captura y su conformación a base de cuotas partidistas. Hoy tenemos un organismo menos confiable y el peor Tribunal Electoral. Otro recurso es la memoria de que en 2006 mandó al “diablo a sus instituciones” por el uso faccioso que se hizo de ellas, y tal vez tuvo razón, como bien lo argumentó Jesús Silva-Herzog Márquez en su texto, Sus instituciones (5/III/2018).

Dicen que AMLO siempre reclama fraude cuando pierde. Sólo hay que recordar que en 2006 se rompió la legalidad y si hubiéramos tenido un tribunal completamente independiente, quizá la elección se hubiera anulado o, por lo menos, se habría hecho un recuento general, como sucedió en Costa Rica. En 2012 ya sabemos que el PRI rompió la equidad de la contienda y rebasó los topes de campaña, pero el Tribual no sancionó el delito.

Krauze señala preocupaciones sobre las ideas económicas de AMLO, como revertir la apertura petrolera, una reforma que es necesario revisar y una estrategia de desarrollo a la que le urgen modificaciones. Todo el texto es discutible, pero la parte más fuerte viene al final, en la que el prejuicio crece cuando dice: “no sería imposible que convocara a un nuevo Congreso Constituyente”. Con lo cual lo equipara, sin decirlo, con la Venezuela de Maduro. Es un temor que no está fundado en nada. Se desconoce la historia de los gobiernos divididos que hemos tenido de 1997 a la fecha. Y la conclusión es tan poco fundada como arbitraria: que México sería “otra vez una monarquía, pero caudillista y mesiánica”.

En esta elección, la posición de ser el puntero y fijar la agenda le ha abierto a este candidato un amplio abanico de críticas. Se pueden destacar dos temas importantes: uno es que esta opción no es una amenaza a la democracia, como la entienden Levitsky y Ziblatt (The New York Times, 20/XII/2016); es decir, cuando un político promueve la violencia (como lo hizo Trump en su campaña) o quiere restringir libertades civiles (como la ha hecho Peña Nieto). La otra es que el prejuicio en contra de AMLO, la llamada pejefobia, de la que habla Hernán Gómez Bruera (EL UNIVERSAL, 9/03/2018), son los prejuicios clasistas que abundan en contra de El Peje. Los argumentos se pueden discutir, pero ¿qué hacer con los prejuicios?

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