Adiós, Huberto Batis

Horrible, escribir con los ojos llorosos, un nudo en la garganta y una angustia de impotencia. Es tan ingrata la muerte
02/09/2018
04:27
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Horrible, escribir con los ojos llorosos, un nudo en la garganta y una angustia de impotencia. Es tan ingrata la muerte, tal vez más que la vida cuando nos vemos disminuidos por la edad o agobiados por las enfermedades que conducen a lo inevitable. Cuando lo visitaba, enfermo, golpeado por los años, me mordía los labios para soportar la tristeza de verlo así: postrado a su sillón y/o cama, con una enorme manguera oxigenando sus pulmones. De su casa salía con ese dolor inmenso y pensando lo injusto que era el destino. “Pepe, yo creo que ahora, sí me voy”, me dijo en 2017. Huberto, Huberto, siempre Huberto: ¡cuántos recuerdos tengo de ti que hoy mi cerebro se abruma y se entumecen mis dedos al querer sacarlos ante este impávido teclado!

Cuando Patricia González, su querida y amorosa compañera, me platicó la historia de amor que los unió, ante él como mudo testigo, vi cómo por momentos su mirada se iluminaba. Sí, recordar lo bello alimenta el alma. Él amó a Patricia y ella amorosa, siempre estuvo a su lado, compartiendo todo; principalmente velando siempre su salud hasta el final. Todos guardaremos un pedazo de recuerdo del querido Huberto.

Lo conocí por José Antonio Gurrea, nuestro director editorial de EL UNIVERSAL Querétaro, quien me recomendó: “entrevístalo, está muy enfermo”, y me proporcionó su número telefónico, Esa entrevista, que nos ligó de forma extraña, la publicó Víctor Roura en Cultura de El Financiero (entre 2006 y 2007). Por regla, antes de publicar algo, nunca doy mis textos a leer a ningún entrevistado, pero esa ocasión lo puse a consideración de Huberto justo cuando, ese día, una de sus hijas desahuciada por el cáncer, sería desconectada; la estaba revisando cuando Paty le dijo: “Vámonos, Huberto, nos queda poco tiempo para llegar”. Le contestó: “Adelántate, y te alcanzo allá”. Cuando llegó ella ya se había descontectado. “Salí a caminar como autómata alrededor del hospital", me dijo después, “¿Sabes lo que significa para mi la entrevista que me hiciste?”, agregó.

Después de eso vivimos una amistad en la que hablábamos largas horas, me revelaba aspectos personales de su vida, amigos, noticias, personajes de la cultura y donde yo agoté baterías completas del teléfono. Cuando, gracias a René Avilés Fabila y el querido Jorge Meléndez lo homenajeamos en la UAM-Xochimilco, Huberto me dijo: “¿Y, por qué no grabaste nuestras conversaciones?” Quedé callado. Tenía razón.

Refiere el editor Alejandro Zenker que Patricia decía que murió tranquilo, con una sonrisa. Tengo mis reservas, era difícil para él sonreír ante tanto sufrimiento. Envejecer es algo que no se recomienda a nadie, pero vivir es algo más que existir. Es —para mí— tener valor para enfrentarte y superar tu realidad. Huberto lo hizo. Quiso ser escritor pero descubrió que ayudaba más difundiendo a los nuevos literatos, igual que Roura. A muchos de ellos les valió madres, y aunque se voltearan, él siempre los siguió apoyando. Eran los que no tenían dónde ser leídos; los acallados por los “grandes consagrados”.

Cuando, hace ya varios años, a mi maestro Fernando Benítez lo iban a someter a alguna intervención quirúrgica, en al salón de clase de la UNAM, encontré a varios reporteros y camarógrafos de Canal 22 o canal 11, quienes grabarían la clase porque podría ser la última. Al pasar al frente a entregarle un trabajo le dije susurrante: “¡Ni se le ocurra morirse!”. Volteó y me vio sin saber qué decir. Afortunadamente Benítez duró todavía varios años. Lo rememoro porque con Huberto poco hablé de la muerte. Los temas recurrentes fueron corrupción en cultura, la narcocultura y temas referentes a mafias culturales. Por ejemplo, las encabezadas por Octavio Paz, Enrique Krauze, Héctor Aguilar Camín, el propio Rubén Bonifaz Nuño con quien simpatizaba porque lo puso a trabajar en la imprenta de la UNAM. En fin. Se fue un grande de la cultura con quien viví el abandono social a la gente de la tercera edad. Muchos que lloraron y hablaron de su partida no sabían siquiera que estaba enfermo. #LaIngrataVida.

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