Aborto 2018

Arnoldo Kraus

La cuestión fundamental no es estar a favor o en contra del aborto. La cuestión es estar a favor o en contra de la vida.

La cuestión fundamental no es estar a favor o en contra del aborto. La cuestión es estar a favor o en contra de la vida. De la vida de la madre y de sus hijos, en caso de que los tenga. La madre —y el padre— que se ha embarazado y no desea continuar el proceso merece respeto. Respeto humano, por ella, por los suyos y por lo que sigue. Lo que sigue, en 2018, es crudo: comparto dos realidades. Primera. La Tierra empieza a reclamar por nuestros abusos. Leo en un periódico: “La presión de la industria y el poder de los grandes latifundistas amenazan el Cerrado, en la sabana de Brasil, la llanura más rica del mundo, hasta el riesgo de desaparecer en 2050”. Segunda. La perversidad humana no cesa, crece: pobreza, guerras y refugiados bastan para deprimirse y comprender a las mujeres pobres que deciden abortar porque no tienen ya no digamos posibilidades de educar, sino de vestir y alimentar a sus vástagos.

De cuando en cuando, debido a mi interés por la ética laica, regreso al tema del aborto. Aborto es, y siempre será, tema inagotable. Al igual que otros conceptos vinculados con la vida y con la muerte —fertilización in vitro, eutanasia, ingeniería genética, “bebés a la carta”—, el universo aborto divide a la población en dos: los que lo avalan y aquellos que no lo aceptan. Y lo divide, además, en quienes tienen acceso a grandes facilidades, ricos, políticos, sacerdotes y rabinos afincados en barrios adinerados y quienes bregan por sobrevivir un día, dos, un mes; las primeras, las ricas, no lo aceptan para otras, pero, sotto voce, lo efectúan para ellas cuando es necesario; las segundas, las pobres, lo sufren y, en ocasiones, mueren en el intento.

Regreso al aborto debido a una publicación reciente de la espléndida revista británica The Lancet (marzo 24, 2018), Abortion: access and safety worldwide (Aborto: acceso y seguridad a nivel mundial), basado en la última publicación del afamado Instituto Guttmacher y de la Universidad de Massachusetts. El Instituto Guttmacher se fundó en 1968 y es una organización sin ánimos de lucro que promueve la salud reproductiva.

Enumero algunos datos que llamaron mi atención y agrego otros para fomentar la discusión y las discrepancias. 1) Se calcula que cada año hay 227 millones de embarazos, 44% de los cuales no son programados y, de éstos, 56% terminan en aborto, 32% en nacimientos no planeados y 12% en abortos espontáneos. 2) Los países pobres y los de “clase media” tienen tasas de aborto mayores que los ricos; las cifras no se han modificado desde 1990. 3) La mortalidad materna por abortos inseguros es muy alta; se calcula que fenecen entre 8 y 11%. 4) La mayoría de los abortos inseguros sucede en países pobres debido a políticas médicas, religiosas y gubernamentales restrictivas, así como por factores socioeconómicos. 5) La pobreza limita el acceso a medidas preventivas. 6) El uso de misoprostol, medicamento también utilizado para tratar úlceras gástricas, ha mejorado la situación de los “abortos clandestinos”, el cual, por fortuna, se consigue con facilidad. 7) El trauma emocional y las consecuencias de abortos sin protección pesa y afecta mucho más a mujeres pobres que viven en países pobres. 8) El aborto, como lo demuestra el inciso 3, no es un problema individual ni de la mujer. Es un problema de salud pública; sus costos afectan a los sistemas de salud de las naciones pobres. 9) Pobreza y vulnerabilidad van de la mano. Son mujeres pobres y vulnerables quienes abortan en condiciones indignas.

En países pobres, México como ejemplo, reducir el estigma y modificar las políticas vetustas de los sistemas de salud e implementar la difusión y el uso de medidas preventivas para no embarazar es indispensable. Disminuir el número de embarazos no deseados le ahorraría dinero a los sistemas de salud.

Mientras no se apersonen las múltiples deidades inventadas por el ser humano y nos expliquen los significados de estar a favor de la vida en madres pobres con siete hijos a cuestas, desnutridos, sin esposo, sin gobierno protector, creer en la vida desde la laicidad implica empatizar con las indígenas encarceladas en Guanajuato y con las mujeres que deciden abortar para proteger a su prole y no traer al mundo hijos cuyo futuro es la ausencia de futuro.

 

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