12 de octubre

Agustín Escobar Ledesma

¿Qué habría pasado en México si un grupo de navegantes mexicas hubiesen descubierto las costas de España algunos años antes que Cristóbal Colón llegara al Orbe Novo, hace más de 500 años? Esta pregunta es el leit motiv de la novela El Conquistador del escritor argentino Federico Andahazi.

El autor se sumerge en las entrañas del imperio mexica para dar a luz a Quetza, héroe de la novela, quien, de niño, durante el mandato de Axayácatl, está a punto de morir en la piedra de los sacrificios de Tezcatlipoca, una de las deidades del panteón azteca que exigía la sangre de sus prosélitos; en el último momento Quetza es rescatado por el sacerdote Tepec, quien a la postre se convierte en su tutor, para transmitirle la sabiduría de los toltecas que estaban en contra de los sacrificios humanos.

La novela representa la eterna lucha entre el bien y el mal que, en el imperio mexica está simbolizada por Tezcatlipoca, el dios de la guerra y Quetzalcóatl, la serpiente emplumada. Por supuesto que Quetza se enamora de la princesa Ixaya y ésta representará la estrella que lo guiará sentimentalmente a lo largo de la odisea que emprende en aguas ignotas de lo que ahora conocemos como Océano Atlántico.

Entre mexicas y huastecos construyen una barca con la que logran navegar hasta las costas de España. Desembarcan en Huelva donde llegan famélicos y hambrientos, razón por la que se comen crudas algunas ovejas cuidadas por un joven pastor que huye despavorido al ver a los marineros ataviados con pectorales y sus máscaras de guerreros. “Me llamo Quetza y vengo en nombre de mi rey, el emperador de Tenochtitlan. Desde ahora eres su súbdito”, dice el héroe de la novela al aterrado ovejero que se pierde entre la maleza.

Más tarde Quetza apuntaría: "Los nativos de estas tierras son gentes muy cobardes que escapan ante nuestra sola presencia. Nunca pensé que podríamos entrar sin encontrar resistencia alguna. Tan temerosos son, que aún no me imagino cómo establecer contacto con ellos. No bien nos ven, huyen como liebres". Con el nombre de Tochtlan, que significa “Lugar de conejos” Quetza bautiza aquellas tierras habitadas por gentes asustadizas y blancas que parecen enfermas.

Quetza entra a la vivienda de la familia del ovejero y advierte que es una vivienda muy pobre; del lugar le llama la atención en la cabecera de la cama la figura moribunda de un hombre que se desangraba clavado de pies y manos sobre dos maderos cruzados, le resultó una visión macabra por lo que dedujo que era evidente que los nativos no sólo practicaban crueles sacrificios sino que además, hacían imágenes que recordaban aquellas sangrientas ceremonias, como las que realizaban en honor a Tezcatlipoca es su advocación de Huitzilopochtli.

De esta manera Quetza se adentra en aquel Nuevo Mundo, describiendo en cartas lo que va encontrando a su paso en España en donde es recibido por los Reyes Católicos quienes le obsequian un par de caballos, armas, pólvora y semillas de árboles para él desconocidas, para que los lleve al imperio mexica.

Quetza regresa a la gran Tenochtitlan para advertir a su soberano del riesgo que corren los mexicas ante el potencial bélico de los europeos; advierte que el futuro de su patria estaba al otro lado del mar “Si no emprendemos la conquista, el futuro vendrá por nosotros y nos convertirá en pasado”, piensa preocupado el guerrero.

El Conquistador de Federico Andahazi, está basada en las cartas de relación que escribieran Cristóbal Colón y Hernán Cortés, desde una perspectiva opuesta a lo que históricamente ocurrió en el continente Americano a partir del 12 de octubre de 1492.

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