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El ángel de las cosas

Cartera 19/05/2014 00:23 Actualizada 09:49

Después de empleos ordinarios, Luis C. López Morton entró al edificio de Sotheby’s en Londres y, ante las imponentes columnas barrocas y con la adrenalina que se vive durante una subasta, tuvo algo claro: a eso se iba a dedicar. A diferencia de muchas otras personas, al hermano menor de los López Morton (uno de ellos dirige la mueblería con el doble apellido) le llegó esta epifanía después de haber estudiado negocios. A tal revelación también le ayudó el destino. Años atrás había intentado ser empleado en Aurrerá y su examen sicométrico lo delató: no podía (no debía) dedicarse a los supermercados.

Las herencias de las familias más ricas de México muchas veces pasan por las oficinas de Morton Casa de Subastas. Como un trámite burocrático, como una manera de evitar disputas, como un medio para repartirse el botín, los albaceas sugieren una subasta.

No se trata de un negocio que haga la diferencia en el PIB nacional, ni siquiera tiene una reglamentación establecida, pero es un recurso necesario que se ha usado siempre. En Europa, cuando alguien puja por un objeto, en ese instante aquel artículo es suyo, aunque sea solo por algunos segundos, en tanto que alguien haga una oferta más jugosa, pero mientras tiene la propiedad de ese objeto con todas sus obligaciones y derechos. En México, el paso de la propiedad se da en un trámite al siguiente día, pero para los mismos efectos la subasta es igual de efectiva.

Las cosas nos sobreviven

Dicen que las pertenencias tienen dueño. Para Luis López Morton, los dueños somos pasajeros, porque las cosas tienen larga vida y generalmente nos sobreviven. Aunque es algo mucha veces obvio, no todos tenemos un oficio como el del señor López Morton. Trabajar tan cerca de la muerte, sin pasar un peligro inminente, pone al oficio de las subastas en la misma categoría de los embalsamadores, médicos y, claro, los abogados. Convive todos los días con objetos que recientemente alguien ha dejado a sus herederos. Y las cosas, dice el encargado del negocio, “tienen vida propia”.

Sin ser un tipo supersticioso, reconoce en las cosas cierta energía. Ha sido testigo de cómo algunos objetos no debían estar en manos de unos y el destino las ha puesto en las de otros. Su hijo menor, también dentro del negocio de subastas, porta un anillo del año 300, aproximadamente. “Sólo imagina la historia que trae ese anillo”, dice.

La oficina de Luis C. López Morton en Lomas de Chapultepec, esa colonia de donde han salido varias herencias importantes, es un ejemplo de historia personal. Aficionado a los caballos (tiene uno que compite en el hipódromo), cuenta con una decena de retratos de equinos, de diferentes épocas. Su orgullo es un pura sangre. Su Macbook Pro contrasta con los relojes de manecillas en la pared, los cuadros y ese ropero lleno de catálogos de subastas previas. Lo que saca de ese librero sorprende incluso a empleados que tienen varios años en la empresa.

Pionero de un oficio antiguo

Muchos años atrás, cuando fue junto a su padre (quien llegó a ser director de la Cámara de Comercio de la Ciudad de México) a revisar una tienda de antigüedades en el Centro, el joven Luis C. López Morton no podía dejar de estornudar. Aquel día se enfermó de tanto polvo que lo rodeaba. Se trataba de una tienda que llevaba cerca de 10 años cerrada. Su padre se encargaría de vender todas las pertenencias, así que al recorrerla sus pies sentían un mullido suelo tapizado de polvo y más polvo.

Mientras catalogaban todas aquellas pertenencias, se dieron cuenta que aquel suelo acolchado no se debía solo al polvo, sino que en el suelo, como alfombra, estaban varios lienzos de pinturas. Esas obras plásticas fueron de alto valor para aquella subasta, de las primeras que realizaba la empresa, que después se llamó Louis C. Morton, recuerda el empresario, al reconocer que aquel viejo nombre era algo fallido. “No sé qué estábamos pensando”, comenta.

Después de varios logos, cambió de nombres y de modo de operar. Hoy se puede jactar “el señor López Morton”, como le llaman sus empleados, de haber llegado a un negocio estable.

Subastas sin glamour

Aunque su negocio sigue siendo el de las subastas de artículos de lujo, la mitad de su rentabilidad llega por medio de las subastas de flotillas que empresas como Bimbo o la Cervecería Modelo tienen que renovar. A simple vista parece ser un trámite sencillo para los dueños de las empresas. Podrían, como en algún momento lo hicieron, ellos mismos vender sus viejos vehículos y recuperar cierta liquidez para la nueva flotilla. Sin embargo, la cosa no es tan sencilla.

Cuando una compañía apuesta por sus empleados, los capacita, les enseña el sistema de trabajo, les exige con ciertos parámetros e intenta que no se vayan. Que se queden el mayor tiempo posible para sacar el mayor provecho de su inversión. Pero cuando la misma compañía que los contrata les pone la tentación de manejar vehículos que más tarde ellos mismos pueden vender ya que termine su vida de uso, muchos caen. Se presta para que vendan unidades a precios muy reducidos y les den “el pitazo” a posible compradores (o prestanombres) de decirles qué unidades están en buen estado. En cambio, cuando entra Luis C. López Morton como intermediario, no pasan semanas cuando ya ha subastado las unidades y la compañía recibe dinero que le sirve para su liquidez.

Como intermediario, Morton solo cobra comisión (una al comprador y otra al vendedor) y realmente la transacción se da entre los dos particulares. De esta manera han evitado caer en cuestionamientos o manejo de dinero ajeno. “Es un negocio que se presta para muchos malos usos, por eso la importancia de nuestra reputación”, afirma.

La reputación lo es todo

No sólo se trata de un negocio de décadas de tradición. Sino que esa tradición ha sido de buena reputación. No sólo ha puesto su nombre al frente de la empresa, sino que da la cara. Un par de ocasiones, por problemas entre particulares (uno decía tener la propiedad de una pieza, pero no tenía manera de comprobarlo) se ha puesto en entredicho el nombre de Luis C. López Morton. Pero él sale a dar la cara y a explicar a las autoridades que Morton sólo puede presumir la propiedad a quien llegue con los objetos en la mano (posesión). De hecho, en México, la posesión presume la propiedad y eso es justo lo que hace Morton.

Cuando llegó una persona con un Diego Rivera, Morton lo puso disponible para subasta, pero al llegar un tercero y decir que le pertenecía se puso a la empresa en una posición incómoda. El tercero no tenía modo de demostrar que la obra era suya. No había recibo, certificado, historial, registro, nada. “No podemos hacer nada cuando llega alguien y dice que algo que nosotros estamos guardando (resguardo) es de él si no puede demostrarlo”, dice.

En otra ocasión, un conocido del propio Luis (así, sin la “o” aquella) le pidió que subastara unas pertenencias. El mismo señor López Morton le advirtió que se metería en problemas, así que se negó a ponerlas en subasta. En efecto, días más tarde se enteró de que había un desacuerdo entre esa familia por poner aquella herencia en subasta. Una vez que estuvieron de acuerdo, Morton Casa de Subastas fue la empresa que eligieron.

Es suficiente preguntar a quienes han hecho negocios con Morton Casa de Subastas para saber que se trata de una empresa, más que legalmente en orden (que obviamente lo está), en la que se juega el honor en cada subasta. La empresa misma ha desarrollado los lineamientos para las subastas en el país y los ha compartido con otros colegas. Ha desarrollado con PwC un estudio para este negocio sui generis. Y actualmente está en pláticas con legisladores para colaborar en la tarea de regular el sector. Eso los hace tener autoridad cuando se trata de subastas. Pero no son infalibles.

No somos infalibles

“Hemos cometido muchos errores”, confiesa con cierto orgullo quien está a cargo de tantos objetos que pasan sólo por unos días por su oficina. No tienen una manera infalible de saber si tal obra de arte es realmente un Diego Rivera o un Frida Kahlo. No tienen una manera infalible de saber si tal mueble es de tal año, si un libro pertenece a una primera edición de un autor raro.

Morton estuvo a cargo de subastar las pertenencias de Fernando Gamboa, el artista y coleccionista de arte quizá más importante de México. Entre los objetos había una pintura con una cascada. En la descripción se leía que era de su autoría. Reconocidos artistas y conocedores de arte llegaron a ver la que tal vez era la más importante colección de México, pero se detenían una y otra vez a ver a aquella cascada. Cierto, la obra destacaba y se veía fuera de lugar en la colección de Gamboa. Los empleados de Morton se dieron cuenta y sacaron la pieza de la subasta, consultaron a otros expertos y concluyeron que se trataba realmente de un José María Velasco, el famoso pintor de paisajes mexicanos. Días después se puso a subasta con un precio más adecuado.

Ha sido con la experiencia que Morton ha creado una red de expertos a quienes les pueden consultar, además de formar a sus propios conocedores. ¿Quién puede saber más de libros que alguien que ha pasado 30 años revisando libros antiguos que la gente ha heredado a otros?